Los hijos de Alá

Dar es Salaam, 26 de agosto

Hoy aparece en mis lecturas la ciudad de Teherán (mi volumen Al límite de la fe, de Naipaul, que había abandonado momentáneamente al dejar el último país musulmán, Malasia, esperando retomarlo cuando mi viaje volviera a tocar tierras de Alá). Pasamos una semana en esa ciudad en el verano del noventa y siete. Me encontré entonces muy a gusto allí, pese a los numerosos trámites burocráticos, pese a la gabardina y al pañuelo en el que hubo que encerrarse Victoria durante toda nuestra estancia. Recuerdo la hospitalidad y la afabilidad de los vecinos con los que terminamos haciendo amistad en unos días; los empleados del hotel, los camareros del restaurante, algunas personas con las que coincidíamos en los alrededores. También las encargadas de los medios informáticos de la universidad donde íbamos a consultar nuestro correo, único lugar entonces para este tipo de tareas. Los grandes carteles de la revolución llenaban las vallas de la ciudad; algunos cubrían las fachadas laterales de edificios de varios pisos. Muchos de aquellos carteles mostraban hombres con cuerpos mutilados. Las consignas políticas saturaban las paredes y el culto a la personalidad parecía un calco de la parafernalia posterior a la Revolución de Octubre en Rusia.
Las montañas que queríamos visitar próximas a la ciudad se mantuvieron permanentemente cubiertas; estábamos a final del otoño, el tiempo era gris. El taxista que nos llevó a Persépolis trajo consigo un mantel a cuadros como el que utilizábamos en casa de mis padres cuando salíamos a comer algún fin de semana al campo; lo usamos para sentarnos bajo la sombra de un árbol cuando la visita hubo terminado. Su mujer había preparado un apetitoso pic-nic para los tres. Cuando nos despedimos nos regaló un par de cintas de música popular iraní. ¿La policía? también la policía; mientras rellenábamos los impresos de tránsito de rigor, o nos sellaban los pasaportes. No, no era gente cejijunta ni distante. En la ciudad vieja regía una vestimenta estricta para las mujeres, pero sobre las faldas de la montaña, donde parecía instalada la modernidad, las cosas eran algo diferentes, los rostros femeninos asomaban como deseosos de quitarse aquel estorbo del cuerpo; la vida era más amable loma arriba.
La revolución, que se había alzado bajo el lema: “Pan, trabajo, libertad”, sólo tardó un año en transformarlo en: “Pan, trabajo y República Islámica”. La libertad no sólo había desaparecido como lema sino que fue sustituida por el principio de la dirección y la obediencia; obediencia ciega a los líderes que integrarían una realidad en donde lo político y lo religioso estarían totalmente unidos. De la mano de Jomeini, Islam, que significa “sumisión”, se convirtió en el objetivo dominante de la clase dirigente. Es curioso que la historia se repita de continuo con pocas variantes en sus mecanismos elementales; que unos pocos sean capaces mediante esos viejos procedimientos de propaganda, censura, restricción de las libertades, (y por supuesto, tortura y muerte para los discrepantes) llegar a convertir a una parte importante de las masas en correligionarios de sus ideas. En los años setenta, cuando nuestros hijos tenían uno y tres años, recorrimos Argelia a lo largo de los dos meses de verano... Argelia fue para nosotros un paraíso de cordialidad y acogimiento. Entonces era posible acampar en el desierto y ser visitado por gentes de los alrededores que venían a ofrecer su hospitalidad; o ver detenerse entre las dunas a un automóvil, en donde viajaban bereberes, con la simple intención de invitarnos a una limonada, o ser agasajados en un oasis a compartir el té al final de la tarde. Hace ya muchos años que no se puede viajar por Argelia, los fundamentalistas se hicieron con el poder y se cargaron un buen puñado de bondades.
¿Quiénes son los que transforman los pueblos, ahogan su hospitalidad, hacen a sus pobladores zafios y odiosos defensores de la intransigencia y el sectarismo? Esa misma fuerza que persiguió a los católicos y que encabezaron los torquemadas de turno, levantando hogueras y quemando a los que pensaban de diferente manera a ellos; las parecidas fuerzas que llevaron a las masacres que se produjeron cuando hindúes y musulmanes hubieron de partir el subcontinente asiático siguiendo criterios religiosos.
En estos días hay momentos en que empiezo a tener cierto temor a todo esto que poco a poco se nos viene encima, este crecimiento lento y sistemático del fanatismo integrista. Me pareció absurdo ese empeño del gobierno francés por prohibir el velo en las escuelas, de la misma manera que era ridícula la prohibición en España de la ikurriña en los años setenta; me parece improcedente cualquier restricción de una libertad que sea respetuosa con los otros o con las comunidades entre las que convive. Sin embargo, llega un momento en que la duda me ronda ante la constatación de cómo el proselitismo, la instrumentalización de las masas por parte de unas minorías se abren paso poco a poco; cualquier cosa sirve como bandera de una idea. Cómo la hospitalaria gente de Irán y Argelia terminan, envueltas por la misma pasión que corría en las venas de la Iglesia Católica siglos atrás, en convertirse en fuente de temor.
Cuando veo en las calles de Ciudad del Cabo una escuálida manifestación musulmana que vocifera con ira pidiendo una África islámica, cuando piden volver a traer la pena de muerte para aquellos que transgreden alguna parte de la ley islámica, noto que en mí se crea un hilo de inquietud. Después de aquello fue un alivio volver a encontrarse con esa amplia colección de confesiones religiosas que pueblan Namibia, Zimbabwe, Malawi, presbiterianos, evangelistas de distintos colores, católicos, etc., a las que se les puede criticar por otras cosas pero que no producen el temor que el mundo musulmán va engendrando poco a poco según mi viaje se dirige hacia el norte. Un temor que cuando visité Irán no estaba presente, pero que en la actualidad se hace poco a poco más intenso, porque los mecanismos psicológicos y de masas que mueven a la gente son cada vez más patentes, parecen como más dispuestos a hacer saltar por los aires cualquier posibilidad de cordura. Personalmente, la gente, en Teherán, en Argel, en Dar es Salaam, en el Cairo, en tantas ciudades islámicas es de una cordialidad que sobrepasa con mucho a cualquier ciudad conocida de Occidente; sin embargo, el fanatismo religioso, la exacerbación de la confrontación con el mundo no islámico, la instrumentalización de una masa carente de una cultura capaz de interpretar la realidad y los textos, es un campo abonado para que la intolerancia vaya aumentando a marchas forzadas.
La cultura y la educación, tanto en Occidente como en los países árabes podrían ser la clave para encontrar un futuro más seguro. La Revolución Islámica de Irán hizo lo que todos aquellos que querían asegurarse la exclusividad de su poder y de sus ideas, quemar, censurar todo aquello que podía poner en tela de juicio sus propias propuestas. Y junto a ello montaron su propio aparato propagandístico. Y en Occidente otro tanto de lo mismo; allí está mal visto quemar libros, pero se tergiversa, se manipula la noticia, se maneja información falsa. Hace tiempo que no leo la prensa de España, pero basta recordar cómo el PP instrumentalizaba la pasada primavera el asunto de ETA de cara a ir raspando, a costa de la ignorancia de tantos españoles, algunas parcelas de la intención de voto. Aves carroñeras, sí, algo que está a la orden del día. Si los americanos pueden inventar durante años armas de destrucción masiva en Irak como disculpa para poder invadir ese país, es porque el terreno en el que vierte su propaganda está abonado para ello. Estamos bien comidos y satisfechos; es fácil que en esa situación cosas así sucedan. Irak, ETA, las palabras de Alá interpretadas, como antes lo fue la Biblia, exclusivamente por ELLOS.
Habría que volver a aquella pedagogía del oprimido de Paulo Freire; aunque mejor sería llamarla pedagogía para la autosatisfacción (o para los autosatisfechos, acaso) para recordarnos el modo, el lugar desde donde vemos los conflictos del mundo, lejos, a través de la tele, dictados, manoseados y tendenciosamente puestos delante de nosotros para orientar la opinión allá donde esos pocos de siempre decidan. Una pedagogía que nos enseñara a ver y a hacernos una idea de la clase de imbéciles con los que tratamos, el individuo ese del bigotillo, por ejemplo, que fue ni más ni menos que presidente de gobierno, y que tras decenas de miles de muertos en Irak, dice que ahora sí que sabe que no había armas de destrucción masiva en aquel país. En los países árabes la pedagogía quizás no necesitaría ningún apelativo suplementario, simple conocimiento, saber de la capacidad del fanatismo para expandirse, el modo en cómo pueden llegar a operar en las masas unas pocas consignas políticas o religiosas, saber cómo el individuo puede, convertido en masa, transmutarse en arma destructiva, enajenada, abocada tanto a un exterminio de una tribu rival como fue el caso de los tutsis en Ruanda o los judíos en Alemania, o bien convertirse en carne de cañón de un régimen que un día puede ser de Jomeini, otro de Franco o mañana hacer de ciudadano norteamericano dispuesto a seguir votando a individuos como su actual presidente. Una pedagogía, en fin, que sepa distinguir entre un burro y una sirena, entre un hombre de bien, pongamos por ejemplo, ya que estamos en Tanzania, a Nyerere, un gran y honesto estadista, de un bruto como el Amin de Uganda, o el Mubutu del Congo.
Este vehículo está protegido con la sangre de Jesús, rezaba escrito esta mañana en un minibús sobre un fondo rojo. Cualquier descabellada idiotez sirve para dirigir la simpleza de los individuos hacia un objetivo propuesto por otros más inteligentes. Basta encontrar la imagen; los americanos pusieron en antena un cormorán cubierto de petróleo en el golfo Pérsico para llegar a nuestros corazones de ecologistas interesados por la integridad del planeta. Y así siempre.
Esta mañana me levanté con pie diferente al de ayer, esta madrugada me jodía que el muecín me despertara con su jerigonza del Corán a voz en grito a un centenar de metros de la ventana bajo la cual dormía; se me antojaba una imposición. Toma Corán por un tubo. Y lo peor de todo: que dentro de nada se me van a acabar de nuevo las cervezas; hará más y más calor y yo no podré tomar cerveza por culpa de Mahoma. Una natural consecuencia del cambio cultural que si sólo parase en eso se podría bondadosamente tolerar; sin embargo, más al norte, hay signos de intransigencia que son ya indicativo del terreno en que empiezan a pisar los hijos de Alá; de momento....

Sobre el misterio

Dar es Salaam, 23 de agosto

Después de varios meses la voz del almuhacin empieza a oírse de nuevo envuelta en la luz del atardecer. Lo hijos de Alá vuelven a llenar las calles de la ciudad como en los lejanos tiempos en que paseaba por las calles de Malasia. También la otra madrugada en Mbeya nos despertó su canto monótono poco después de las cinco de la mañana; salimos al patio del hostal y mientras mirábamos por el rectángulo oscuro del cielo empezó el recitado del Corán. Me produce tranquilidad el sonsonete de esta voz. Los árabes visitaron muy pronto la costa este de África; Dar es Salaam, es difícil encontrar un nombre de ciudad que uno identifique tan inmediatamente como de procedencia árabe. No sólo las estaciones, como decía ayer, cambian en el transcurso del viaje; también cambian los dioses, el concepto del tiempo, el afán con que los hombres laboran, sus vestimentas, sus idiomas, sus modos de relacionarse con los muertos, con los amigos, la manera en que se dan la mano, los rituales del saludo. ¡Jambo!, oímos por la calle con frecuencia dirigiéndose a nosotros... Lo mismo que Ciao!, How are you! ¿Qué tal estás? Sólo que aquí no hace falta que a uno lo hayan presentado, la espontaneidad de la gente transciende los protocolos.
Un viajero en la calle puede ser un motivo para ejercer el don de la cordialidad. Pienso que estas cosas sencillas son también una buena razón para viajar. Estos días voy dando ya vueltas al próximo periodo que se aproxima de andanzas, nuevamente solitarias, cuando Victoria vuele a fin de mes camino de casa, y me descubro en consecuencia durante los largos trayectos dándole vueltas al camino por el que habrá de discurrir la siguiente parte de mi viaje; y curiosamente, salvo las dificultades propias de los países en conflicto como Etiopía o Sudán, me encuentro con que tanto monta ir por aquí como por allá. Me preocupa un poco la seguridad más al norte de Kenia, pero al margen de ello, creo que mi principal interrogante está en ese aspecto cotidiano en que los sentidos pueden convertirse en una pura esponja, la posibilidad de que mi curiosidad siga encontrando caminos para continuar el diálogo conmigo mismo que necesariamente la soledad va a traerme.
Encontrarse de nuevo con el hombre que va conmigo que cantaba don Manuel, y tras ello la posibilidad de una nueva búsqueda, un nuevo encuentro; ¿qué habrá en estos países que tantos años estuvieron asolados por las guerras?, ¿cómo será aquella curva del Nilo, el río caminando por medio del desierto como un dios... y llegar a los templos trogloditas de Assuan, y dar una vuelta por el Sinaí, el de las Tablas de la Ley y la planta que ardía sin consumirse?; temas que, como otras veces, me vienen de refilón de la mano de mi amiga desconocida: el misterio, la curiosidad por satisfacer. Como cuando no conocía el desierto y me preguntaba cómo sería pisarlo, caminar por él. Mi amiga, que se deshace en elogios... porque no me conoce, digo yo; aunque quizás algo pueda adivinar, pues tampoco se corta un pelo para añadir que debe de ser imposible convivir conmigo; mi amiga, decía... me elogia, pero también juega ya a especular con mi lado oscuro del corazón. De la misma manera que se habla de la erótica de la lectura, no sería disparatado hablar del erotismo del conocimiento del otro. La expectativa, el aplazado descubrimiento. Laura Díaz, el personaje de la novela de Carlos Fuentes (probablemente me repito), tras una lenta aproximación al hombre con el que desea convivir, llega un momento en que decide la separación, se niega a desvelar hasta el final el misterio, su intimidad más profunda; un último reducto. El camino hacia el otro puede ser un placer postergado; pasos cortos para evitar la muerte, aquello de Cioran de que el conocimiento mata; como en otras ocasiones la cumbre, el orgasmo, el conocimiento pleno, de hecho pueden dar por terminada la aproximación, la búsqueda, la expectativa. Mucho en la vida es eso, ir descubriendo; nos divertimos, nos intrigamos, queremos como quien va en busca del tesoro... pero qué mal momento después, acaso, cuando la búsqueda termina, cuando el misterio queda desvelado... etc... que diría Stendhal.
El misterio que trata de prolongar mi amiga, mandándome hasta ahora unos pocos datos de ella misma... aunque sí, muy significativa, la estrecha franja de su mirada, tiene mucho de parecido con lo que yo trato de hacer en esta parte del viaje que me queda por recorrer. Quiero prolongar mi curiosidad, seguir los rastros de inquietud que los proyectos me traen, esas pequeñas curiosidades que avivan mi interés y conectan mis lecturas con la realidad. Sólo un poco. ¿No se trata de eso, amiga?
Y es que nuestro cerebro funciona así, la felicidad no está casi nunca en ese momento final; la felicidad está un poco antes, en el camino, en el placer de la aproximación. No en el día de Reyes, sino en las semanas que lo preceden.
Imagino que ahora habrá que combinar ese vivir la cotidianidad, el sabor que deja la calle, los motivos que arrastran a escribir día a día, con la posibilidad de dosificar los misterios, la tensión entre los proyectos que pueden ir surgiendo y su efectiva realización. Sístole diástole, sístole diástole... bom bom bom bom. Todo aquello que pueda llevar a esa confesión que lleva el título de las memorias de Pablo Neruda.

Ternura

Dar es Salaam (Tanzania), 22 de agosto

“Tenía fiebre, no sólo de amor sino
de embriaguez ante el descubrimiento
de su propia ternura”
A caballo entre Malawi y Tanzania leo Love, again, de Doris Lessing. Love, again, después de veinte años de sequedad. El viento sopla con la fuerza de un vendaval... again. Ella se llama Sarah Durham. Mi señalizador, una pintura de un artista local, estaba anclado en esas cursivas que aparecen más arriba. Anclar el barco en medio de lago y dejar que el final de la tarde se diluya en los reflejos de plata vieja del agua. Era verano. Podías asomar la cabeza por la borda y ver el reflejo de tu rostro en ella; podías sentarte cómodamente y dejar transcurrir el crepúsculo escuchando profundamente al espíritu del lago. En cierto momento me sentí febril, me embriagaba el descubrimiento de mi propia ternura. Los recuerdos y los viajes tienen la culpa. ¿Quién no se enamoró un día y haciéndolo no descubrió en sí mismo algo que antes no conocía, ese inmenso pozo de ternura que todo enamorado ve nacer en sí como un manantial burbujeante, vivo y atónito que se asoma a la vida como si la vida fuera una entrañable fiesta? Yo usurpé un día a Manuel Rivas cierto modo de medir la melancolía y transformé a mi vez la ternura en algo medible, Medio metro de ternura, titulé el libro en que trabajaba entonces. Medio metro, suficiente para una embriaguez que me puede durar toda la vida.
Me pregunto: ¿No será el amor un hijo equívoco de la ternura? De hecho bajo aquella palabra se esconden sucedáneos y productos adulterados que poco tienen que ver con el amor; hijo equívoco porque existe un empeño generalizado por vestirlo de mediocridad, porque se le resta la gracia de la gratuidad y se le encierra en tartas de boda con sabor a nata y a chocolate. El amor no es posesivo como dicen por ahí, ni exclusivista, ni es materia de comercio –yo te doy, tú me das-, ni de actas notariales; ni siquiera el amor divino puede ser amor, porque es imposición y débito (“Amarás a Dios sobre todas las cosas...” ¿dónde se ha visto más engreimiento, más falta de amor? Un amor como un mandato cuyo cumplimiento podría ser encomendado a la vigilancia de la guardia civil. ¿No dan risa estos amores tan poco amorosos?). El amor no pone condiciones; el amor no tiene por qué ser recíproco, uno puede amar sin ser correspondido; los celos son incompatibles con el amor; la desconfianza también lo es, quien no confía en el otro es imposible que pueda amar... no, no te molestes en usar esa palabra, lo tuyo es otra cosa... Un hijo equívoco al final, que hay que coger con pinzas si queremos saber de qué hablamos.
Amor: loco, inflamable como de pólvora; anhelo a palo seco, fiebre, dolor casi siempre. A estas alturas es muy difícil saber lo que son las cosas; sabemos del llanto, del dolor, del anhelo, pero apenas sabemos en sustancia de eso que nombramos como amor. Y menos de ese ¡amor mío! surgido como un bramido desde las profundidades del cuerpo. Lo llamamos amor, pero ¿no tiene mucho de borrachera, algo que se inyectó en nuestra sangre y anula como un narcótico la voluntad, se hace pura orgía solitaria, puro anhelo?... en el mejor de los casos. ¿Materia en conexión con la locura?
Y también (con bastante frecuencia), ¿no será después de todo el amor el velo tras el que se esconde el torvo pico de un ave escudriñadora que habrá de perseguirnos con la mirada inquisitiva en nuestros movimientos por el mundo? ¿Un anzuelo?, ¿una hipoteca?, ¿un engañabobos para amarrar con su mano de hierro bajo la famosa tarta al otro?
Amor. A veces es algo tan controvertido, que a uno le dan ganas de quedarse simplemente (¿simplemente, digo?) con la ternura. Y este es el asunto; sólo una propuesta. Uno piensa en la ternura y las cosas suceden de forma diferente; no se le vienen encima tantas dudas, tantas trampas; ternura no es una palabra grandiolocuente, suena a cosa sencilla y espontánea; uno dice ternura y se encuentra con una sonrisa entre los labios, siente algo enternecedor por dentro, calentito, nos sentimos bien unos con otros. Mientras que amor, ¡ay, amor! cuántas trampas esconde y cuanto eufemismo ambivalente... y equívoco, claro, bajo su dosel (hacer el amor: je... ¿de verdad que la cosa no suena un poco chusca?, porque a ver quien es el listo que se pone a determinar cuándo funciona como eufemismo y cuando no. Me follé a la Paca, le hice el amor a la Paca, hicimos el amor). Qué diferente a sentir la embriaguez de la propia ternura derrochada en el otro, en tu novia, en tu amiga, en tu pareja. Sí, hombre, ternura. ¿Para qué coño tantas convenciones, tantos cajones? ¿Quién no tiene medio metro de ternura encima que ofrecer y compartir? Las malas conciencias sólo ven fluidos vaginales, semen, horrores morales, pecados mortales; siempre mala conciencia, modos para evitar nombrar la ternura, los ojos húmedos, el deseo de una caricia, el consuelo de nuestra soledad, la gracia de compartir un pedazo de vida, el gozo llano y sencillo de otro cuerpo.
Puaf, el amor. Antes de volver a utilizar esta palabra habría que barrer todo rastro de ella del mundo para reinstaurarla con el decoro y el respeto que se merece; a posteriori habría que ocupar a la guardia civil en multar a todos aquellos que se atrevieran a vilipendiarla de palabra o de hecho. Mientras tanto más nos valdría atenernos a esa otra, ternura, que tan bien puede definir nuestra relación con el otro. Palabras, siempre palabras. Pero, si entre tú y yo hay ternura, una enorme ternura, ¿para qué diantres meternos en camisas de once varas, mancharnos con ese hijo equívoco de la ternura, tantas cosas que mal llamamos con tanta frecuencia amor?
Descubrir la ternura subir como una borrachera dentro de uno es probablemente el hecho más notable de eso que llamamos enamorarse; pero no necesariamente hace falta enamorarse para sentirla en mayor o menor grado. Uno puede intentar ser más modesto; uno puede incluso tener necesidad de huir de los bordes de los precipicios, tan dolorosos en ocasiones; uno puede ser muy feliz sintiendo cómo la ternura hace acto de presencia dentro de nosotros. Es un tema demasiado largo para tan corto espacio; quizás más valdría haber intentado hacer algunos versos, algo que pudiera aproximarse a esa emoción tan nítida, tan cantarina, tan entrañable, la ternura. Una palabra sencilla, un acto simple, una emoción nítida que sustituya a aquella otra... tan equívoca.
Es la una de la madrugada. En Dar es Salaam se ha hecho el silencio. El viajero, que partió del verano hindú, saltó al invierno de Sudáfrica y prosiguió carretera arriba hacia el norte con su amiga con nombre de guerra (que dice Santiago, aunque no me gusta mucho), pasando por una especie de otoño sembrado de baobabs a los que se les había caído la hoja, llegó, llegaron, un poco por debajo de la línea del ecuador, a lo que huele repentinamente a verano. De hecho el ventilador ya da vueltas hoy por enciman de nosotros. Un lío estacional: verano, después invierno, a lo que siguió el otoño que empieza a perfilarse como verano una vez más. Si uno se está quieto la lógica de las estaciones funciona, pero cuando uno se mueve, ya se ve. Yo salí de Bombay con cuarenta grados en pleno monzón y aterricé en Johannesburg con siete grados en también pleno invierno (con una camiseta, un pantalón liviano y los pies desnudos metidos en unas sandalias húmedas por las riadas de Bombay)... menos mal que ahora estoy otra vez en verano. También esto da gustito, como la ternura. Pondré velas a la virgen para que la ternura me siga visitando.Que os vaya bonito, a ver si entre todos podemos llenar el mundo de eso, ya lo sabéis.

Sumisión al destino

Mzuzu (Malawi), 20 de agosto

El aspecto de aquella mujer reconcentrado y adusto. Tendría veinticinco años. Los veía a los dos a través del ángulo que dejaban libre los viajeros de los asientos precedentes. Él, con su cráneo cubierto apenas por unos incipientes rizos mostraba un aspecto parecido. Ambos vestían de blanco; ella una blusa, él una camiseta con el dibujo de un gato de ojos saltones en blanco y negro. Junto a ellos viajaba una mujer de unos cincuenta años, silenciosa, su mirada mostraba una determinación poco común. Cuando la furgoneta daba un bandazo podía ver también a su compañero de la izquierda. Cruzaba su rostro una larga cicatriz que nacía en el cabello y terminaba más abajo del pómulo; la cicatriz era oscura como su rostro. No sé por qué imaginé que una señal de un cuchillo debía de haber dejado una marca más clara. Se apoyaba en una voluminosa bolsa de plástico verde llena de pequeños pescados que viajaban desde el lago a la cercana ciudad de Mzuzu. Había entre los pasajeros varias bolsas de éstas. Sentados de espaldas al conductor, daban la cara al resto de los viajeros, era imposible no recurrir a sus rostros continuamente, ese era el paisaje de esta mañana. La joven podía haber formado pareja con el hombre de su derecha, iba absorta en algún pensamiento, aparentemente ausente. También la timidez, y la poca fuerza, la resignación.
A mi derecha, en frente, viajaba una mujer enorme vestida de rojo; ésta era todo determinación. Su cuerpo apenas cabía en el reducido espacio que le habían destinado; bajo su asiento venía la rueda de repuesto, lo que la obligaba a viajar de lado y con las rodillas rozando la parte alta del asiento anterior. La japonesa de mi derecha, un asiento más allá del hombre menudo contra el que me veía comprimido hasta el punto de tener que ponerme de lado, había sido sorprendida por un sueño tenaz que la dejó derrumbada con la cabeza sobre el macuto que llevaba en el regazo. Se había quitado las gafas para no romperlas y éstas colgaban del dedo pulgar como si éste fuera una percha. La amortiguación del coche estaba rota; un ruido seco subía continuamente hasta nuestro esqueleto trasmitiendo los accidentes de la carretera a todos nuestros huesos.
La furgoneta olía a sardinas arenques. Hoy no tendríamos probablemente la posibilidad de quitarnos de la ropa este olor durante todo el día. El pasajero de enfrente apoyaba su espalda contra mi macuto en un lateral donde se había improvisado un pequeño asiento, y yo a mi vez veía desplazado hacia atrás mi cuerpo como en un sandwich entre el negro de delante y una de aquellas grandes bolsas de pescado arenque que llevaba en el regazo la mujer a mi espalda.
Hoy casualmente no había niños entre el pasaje. Ayer se disculpaba Sholomon, un muchacho que nos acompañó en una larga excursión por las colinas de los alrededores, por el espectáculo que encontramos más arriba de Nkhata Bay, el pueblo en donde pasamos unos días junto al lago. Malawi is a poor country, decía. A un centenar de metros, en las afueras, sobre la ladera, estaba el hospital, la mitad de él dedicado a maternidad. Una larga hilera de mujeres en avanzado estado de gestación hacían tiempo sentadas sobre un bordillo de cemento. Al otro lado de la carretera bajo la sombra de un enorme árbol, otros grupos de embarazadas hablaban o miraban al infinito. Pobres edificios, simples caserones como largas cuadras, cubiertos por planchas de uralita. Más allá, sobre el suelo habían instalado varias hileras de camas. Hicimos muchas fotos de niños en nuestra excursión. Muy buenas. Cuando con el Photoshop las quitaba el color y las dejaba reducidas a una escala de grises, sus rostros adquirían una fuerza extraordinaria. Entre otras también las de un grupo de niños del orfanato. Un orfanato sobre la colina costeado por los propios vecinos. Los niños tenían un excelente aspecto. Les encantaba que les hiciera fotos. También encontramos a un ingeniero industrial, un chaval de cara inteligente, sin lugar a dudas, que arrastraba su ingenio, un camión de buenísima factura fabricado con alambres y material de desecho. No se necesita mucha experiencia para descubrir la inteligencia pintada en el rostro de un crío. Escondía su timidez inclinando la cabeza y dejando que fotografiara su obra de arte mientras él se retiraba unos metros. Casi le tuve que coger de la mano para que agarrara su invento y posara junto a él.
Hoy los niños no viajaban en la furgo. Los niños viajan, sí, en los largos trayectos; autobuses atestados de ellos; niños formalitos como pequeños señores, pequeñajos en las espaldas de sus madres, resignados desde que nacen, habituados como esas crías que vemos agarradas al cuerpo de la madre, una mona que sube a las ramas con su equipaje viviente encima o que espía en la estación del tren dispuesta a robar un par de tomates de un cesto de mimbre que ha descubierto junto a un pasajero despistado. Me pregunto dónde van todas estas familias cargadas de críos con sus enormes fardos como si fueran parte integrante de una diáspora. Todas las estaciones cargados de ellos. ¿La esperanza de encontrar un mejor medio de subsistencia unos kilómetros más al norte en la orilla del lago, alguna chabola en las afueras de una pequeña ciudad donde poder ganar lo suficiente para alimentar a un puñado de niños?

La maternidad de Nkhata Bay

Esta mañana el lugar de los niños lo ocupan grandes bolsas de pescado arenque, unos peces chiquitos como boquerones producto de la “pesca de bajura” de estos ribereños. Las mujeres pasan todo el día en dos largas filas a ambos lados de la calle del pueblo con sus pescaditos. Se venden bien. Se los comen como pipas. Se puede ver a la gente sentada en peldaños y bordillos dando durante todo el día cuenta de ellos. Nuestros macutos los han embutido en la parte de atrás entre bolsas de pescado; necesitarán ventilación durante una semana.
Me pesa no poder llevarme un retrato de la joven con la que comencé estas líneas. La miro los ojos, los gruesos labios, la mirada perdida; un rostro hermoso. Recuerdo aquella moza de la que hablaba Unamuno en alguno de sus viajes por los pueblos del norte y que ya cité en algún lugar, la sumisión al destino. El destino. ¡Joder, con el destino! Tiene una boca bonita. ¿En qué pensaría, tan absorta, viajando en aquella pequeña aglomeración en donde los arenques compartían espacio con una veintena de personas de raza negra, una japonesa, una australiana y dos españoles? (mi hija habría escrito españolas, eso hace últimamente nuestra filóloga, para nombrarme a mí y a mi compañera de viaje... algo a considerar por más que tanto monte Isabel como Fernando). Después de todo hacía buena pareja con el chico de su derecha; después de todo si se gustaran y se enamoraran y se juntaran y tuvieran la cuarta parte de los hijos que tienen el resto de las mujeres de por aquí, acaso fuera muy feliz. Y más si le gustara el fútbol y pudiera irse con su chico a ver el partido de los domingos a una de las dos televisiones que hay en el pueblo. Después podría vender pescado en la calle o ropa o... A veces minusvaloramos lo que puede salir de una vida sencilla. Nos ponemos nerviosos porque reloj en mano transcurren dos horas antes de que nos hayan servido la comida que pedimos; queremos hacer muuuuchas muuuuuchas cosas y sin darnos cuentas nos perdemos alguna que otra importante. Este chico y esta chica si se quisieran tendrían más de media vida resuelta. A ella seguro que se le alegraba la cara; la sumisión se habría ido con viento fresco y a la noche lo que querría sería meterse con su chico en la cama y darse besos y llenarse el cuerpo de caricias. Como Dios manda, que diría mi madre.

El espectador

Nkhata Bay (Malawi), 17 de agosto

(Sólo palabras. En Malawi Internet no da para más...)

Quizás podía ser un lugar en donde quedarse media vida; el lago de Malawi a los pies, nuestra cabaña alzándose como un palafito sobre la inclinada ladera a pocos metros del agua. Cañas, tablas rústicas, troncos, clavos y una techumbre de paja. Dos metros de ancho de cama, una estantería, una mesita baja, una cama más, y una enorme terraza sombreada con baranda desde la que contemplar la luna meciéndose sobre el agua. Hoy amaneció neblinoso, abajo chapoteaban pequeñas olas contra las rocas verdosas de la orilla; a lo lejos era una masa algodonosa de gris ceniza claro; la línea de los árboles, al otro lado de una pequeña bahía, era una forma difusa que subrayaba el perfil de los árboles, más oscuro, contra el sedoso fondo del cielo. Dos canoas de troncos bogaban hacia el interior del lago. Los ruidos que llegaban hasta mi cama: una azada abriendo una zanja, algunos martillos, un serrucho, voces lejanas en el trajín del pequeño puerto, el esporádico motor de una motocicleta, el leve tecleo en el ordenador que usa mi compañera de viaje.
No quiero abrir los ojos, estoy bien así, de bruces sobre la inmensa cama dura; dispuestos mis sentidos a lo que llega espontáneamente a ellos. El clap clap de las olas ocupa el lugar del bajo en el blues de la mañana. ¿Te puedo leer mi post?, dice ella, sentada en el umbral de la puerta que da al lago. Claro. Me giro un poco hacia ella para oír mejor. Mi camiseta venezolana, se titula; una camiseta que se encontró en un viaje a Canaima y que después de largos azares y muchos kilómetros sucumbió a la debilidad de cambiar de dueño, el randa de ocasión apostado en la oscuridad de una estación de autobuses a la espera de la primera distracción del viajero. Me gusta. Se lo digo. Y vuelvo a escuchar el clap clap, y ahora el motor fuera borda de una barca cercana. Vivimos en un poblado en construcción, The Big Blue, diez o doce cabañas, uno de los pocos albergues de la zona. Materiales nobles todos, madera, caña, paja, hierro, que, por qué no, conviven con un ordenador que sirve de herramienta de gestión en el establecimiento. Dos hombres y una mujer jóvenes levantan esto; gusto y buen humor; el hotel da trabajo a un buen número de lugareños. Por la noche la música dura hasta más allá de las doce. El aire es tibio, es muy agradable leer en la terraza hasta que el sueño nos vence.
Algo que sucede cada mañana cuando no tenemos que salir pitando para coger algún autobús. Me cuesta abandonar este mundo de sensaciones que se arremolinan tras los párpados nada más despertar. Una experiencia nueva que se repite desde que dejé de trabajar; cada mañana me convierto en espectador de mí mismo y de la realidad que me rodea. Unos días es el ancho mundo por donde transitan gentes de color, imágenes que mi retina va coleccionando; otras es una desdichada amiga; es fácil que me despierte haciendo proyectos, trazando un itinerario por el mapa de África, abriéndome camino entre las montañas de Etiopía, intentando llegar a la enorme curva que describe el Nilo al norte de Sudán, antes de remansarse sus aguas en la gran presa de Assuan; con frecuencia, como hoy, es la búsqueda de un lugar en el mundo (por cierto, una buena peli, Un lugar en el mundo), un modo de seguir habitándolo lo que me ocupa. Formas de vida. ¿Cuántas formas de vida existen? Y puestos a elegir, ¿cuáles pueden ser más acertadas? En Kerala, India, conocí a Joan, un catalán de mi edad que se interesaba por las ciencias ocultas y que en compañía de un lama de Delhi iba a montar un establecimiento hotelero en la zona, mitad ashram, mitad lugar de descanso y relajación. Cuando aquello estuviera funcionando volaría a África, donde emplearía unos años más en otro proyecto que ya tenía bajo el brazo. Los dueños del establecimiento de hoy tan pronto empuñan una pala, como diseñan la geometría decorativa de un tambor, como teclean en el ordenador los datos contables del día. La vida transcurre sin prisas. Les veo charlar y reír durante gran parte del día con los clientes o con la gente de la zona.
Un lugar remoto de África en donde la temperatura es agradablemente suave. Yo mismo, buscando día a día, aprendiendo cada mañana una cosa nueva, tratando de conocer el mundo y su gente, dándome de bruces con algún imposible, gozando de alguna amistad lejana, a última hora convertido casi ya en abuelo... y todo ello sin saber todavía en qué consiste con precisión esto de vivir; viviendo pero cuestionando continuamente mi propia existencia y la existencia de cuanto me rodea. En mi última novela, Invierno, suicidé a mi protagonista; era un suicidio simbólico, con más certeza un conjuro para propiciar de los dioses la única lluvia que podía salvar los restos de una catástrofe; pero el conjuro no funcionó. La realidad sigue su propio curso, no siempre los dioses se doblegan a nuestras peticiones. La realidad y el individuo son como dos gladiadores enfrentados en la arena de un solitario coliseum; dramática soledad por otra parte de esta lucha encarnizada. La realidad es tan fuerte y contundente a veces que no sirve de nada dejar un rastro de sangre por la arena.
En otros momentos recreé en libros diferentes un estilo de vida a modo de quien habla y escribe con la idea latente de que diciendo y escribiéndolo uno va asumiendo con mayor convicción la fuerza de sus propios argumentos. Cuando me encontré con Joan en la India tuve la grata satisfacción de haber coincidido con una peculiar manera de concebir la realidad que era parte de mi propia búsqueda. Y de la misma manera que uno conoce geografía humana de oído, aquello de que hablaba hace tiempo sobre el punto G, uno llega a conocer de sí mismo y de la vida de parecida manera, de oído, moviéndose de un lado para otro siguiendo los trazos que la intuición va dibujando en mañanas como éstas en que lo más representativo es esa apariencia de estar haciendo nada, cuando en realidad son de esos instantes de donde nace la fuerza creadora que pone en movimiento los proyectos, en donde se aclara la niebla y se inventan caminos nuevos para seguir viviendo. Mi cuaderno de bitácora lo confirma de continuo. Las horas del amanecer son horas propicias para escucharse y para trascender la inmediatez de los problemas que no acosan; tiempo de luz para abrirse paso en la escurridiza realidad.

Cuellos

Nkhata Bay (Malawi), 15 de agosto

Aquella parte del cuerpo que une la cabeza al tronco, con alguna frecuencia ocupa el primerísimo plano de mi visión durante horas. Los asientos del minibús en el que viajo hoy llegan apenas a la altura de los hombros. El cuello de la mujer que va delante es oscuro y fuerte, desciende elegante desde sus rizos morenos hasta el remanso de sus hombros; un vello ceniciento puebla el nacimiento de su pelo; un cuello bonito. Este es mi paisaje de hoy camino de Nkhata Bay, junto al lago Malawi. Ella es una mujer joven con un niño en los brazos. Ser una mujer joven y no tener un niño o varios encima es algo raro en estos países. La piernas del niño se quedaban enganchadas entre los pasajeros, pero ni el niño ni la madre le dieron importancia durante el trabajo de atravesar por el pasillo y encontrar un hueco para sentarse. Se acomodó frente a mí, sacó al niño del refajo, lo colocó en su regazo y yo me quedé encantado por la compañía.
Me trajo bonitos recuerdos. ¿No me había enamorado yo hace unos años por culpa de un cuello? Hablábamos frente a frente en el lugar de trabajo quizás de algo intrascendente y de pronto ella alzó el brazo, llevó su mano derecha hacia el pelo y, con un elegante movimiento no exento de erotismo, recogió su melena hacia atrás y dejó al descubierto el cuello; luego su otra mano hizo un recorrido similar mientras yo admiraba la bellas curvas que quedaban al descubierto; mi corazón se inquietó inesperadamente ante aquella visión. Con su otra mano ella recogió coqueta todo su cabello en una coleta y se quedó observando, quizás valorando lo que estaba ocurriendo detrás de mi mirada sorprendida. Eso estaba sucediendo, me estaba enamorando. No pude fotografiar posteriormente nunca un instante así, los brazos en alto, el cuello, grácil, apareciendo como al otro lado de un telón, la carga erótica de un movimiento lleno de gracia y espontaneidad, pero quedó como un recuerdo indeleble aquella preciosidad descendiendo desde los cabellos oscuros hacia el perfil de los hombros.
Ingres rescató admirablemente del cuerpo femenino esa belleza tan particular; en algunos de sus cuadros los cuellos de las mujeres parecen ser algo autónomo, como si la confección del lienzo sólo persiguiera ponerlo de relieve y realzarlo. Así sucede con una de sus pinturas que más me gustan. Junto a Zeus, sentado en su trono, una diosa, acaso, levanta los brazos hacia el dios del Olimpo. En Malawi malamente voy a rescatar los detalles del lienzo (ni siquiera por Internet que aquí funciona como aquejado de asma, inválido, con desesperante lentitud), pero en mi recuerdo es asombroso el atrevimiento con que aquella diosa alza su brazo hacia Zeus, sentado plenipotenciario y lleno de realeza y majestad, describiendo una curva cuya única razón de ser parece estar en ceñirse a esa otra curva del cuello, largo, desproporcionado, como el de un cisne surcando el cielo camino del sol. Toda la gracia de lo femenino parece concentrada allí en claro contraste con un dios cuyos atributos varoniles subrayados por su oscura y larga melena, su espesa barba, su porte colosal y una esbeltez de otro mundo, parecen servir, en acusado contraste, únicamente de fondo a esta graciosa curva que nace de los hombros desnudos de la diosa elevándose en el cielo como un canto de sirena.
¿Y aquel otro de Boticcelli sobre el que se alza la dorada cabellera de su Venus en su nacimiento, largo, primoroso, saliendo de las muselinas y del recato de la diosa del amor para sostener su rostro de tranquila y sosegada exhibición? Allí estaba probablemente el ángel de Leonardo en sus primeros trabajos, rindiendo también homenaje a lo femenino.
O sus precedentes, el de la Nefertiti de las riberas del Nilo, expectante como una cobra cimbreándose sobre un fondo de dunas. La elegancia del viento rizando el filo curvo de la arena, el despegue del vuelo de la garza sobre el río. Algo envarado, primitivo pero presagiando ya la admiración que aquella parte de lo femenino ha suscitado en tantos pintores.
También yo conservo algunas bellas muestras recogidas con mi cámara; una, por ejemplo, que rescaté de un domingo por la mañana cuando la luz empezaba a dorar los muros enjalbegados de mi cabaña; ella estaba allí, desnuda, con su risa y las líneas de su cuerpo completando el cuadro del amanecer, y tuve que alzarme para buscar la cámara. Apenas había luz; quedó sin embargo el trazo curvo, único, sobre la oscuridad desdibujada del cabello. Nada más. Con el tiempo sembraría un poema sobre su piel. Creo que todavía está la imagen en mi web, en aquel libro que titulé Algunos versos.
Algunos pueblos indígenas de África encontraron también en los cuellos de las mujeres una belleza muy significativa; también ellos dilataban aquella parte del cuerpo hasta hacerlos anómalamente largos por el procedimiento de ir agregando anillos que terminaban deformando esta parte del cuerpo para adaptarla a los cánones de belleza del momento. Un procedimiento quizás de dudosa licitud pero que muestra, al igual que en la pintura de Ingres, hasta qué punto la belleza puede ser motivo y medio de supervivencia y placer.
Hace tiempo que trabajo en dossiers fotográficos diferentes, uno de ellos se titula Amarillo, otro Texturas; otros están en ciernes, como Paisajes humanos; temas que el paisaje y las ciudades que visito me van sugiriendo. Hoy que me dio por hablar de cuellos caigo en la cuenta de que también éste podría ser un tema. Y recuerdo ahora uno robusto de toro de un indio, un sikh que en algún ferry del mar del Sur de China ocupaba un asiento por delante del mío. Su enorme turbante verde cerraba las curvas morenas de un cuello fuerte y hermoso que nada tenía que envidiar a estas bellas curvas negrísimas que se levantan hoy sobre el asiento de delante del microbús. Cabría recordar también a muchas mujeres senegalesas arriba de cuyos vistosos y abigarrados vestidos se erguían hermosos cuellos de matronas sobre los que descendían los grandes aros dorados de sus pendientes.
Haré memoria estos días para ver de qué modo puedo ir rindiendo homenaje a la belleza andante que me voy encontrando por aquí. Como se ve el ánimo del viajero se parece mucho a las subidas y bajadas de las líneas de un cardiograma. Hoy se le alegró pensando en los bonitos cuellos que hay por el mundo. El filón, como se ve, puede ser interminable. Nada más hay que abrir los ojos y mirar.

El principio de redistribución

Mzuzu (Malawi), 15 de agosto

Ayer noche funcionó el principio de redistribución de que hablaba Coetzee y que citaba aquí hace unas semanas. El principio de redistribución se produce cuando de los bolsillos más favorecidos algo pasa a otros más vacíos; una especie de fondo de compensación donde el dinero va de los que más tienen a los que menos. Si te roban en un país del Tercer Mundo, el principio, con mayor o menor justicia actúa; sin embargo si te roba Vodafón o la Telefónica con alguna de sus frecuentes triquiñuelas, o cualquiera de los grandes mangantes, sea de la construcción o de otro sector, aquí no hay principio de redistribución que valga. El que tiene mucho tendrá más todavía como suele suceder casi siempre.
Ser ladrón requiere algunas habilidades, como tantos oficios de bien. Saber algo de psicología, esperar la oportunidad; determinación, capacidad para actuar con rapidez y saber poner los pies en polvorosa sin dejar rastro. El ladrón de ayer, por ejemplo, no dejó rastro. Llevábamos esperando media tarde en la oscuridad de la estación de autobuses y, cuando un autobús más empezó a entrar en la terminal tuve que espabilarme para averiguar si era el nuestro. Yo salgo pitando, Victoria estira el cuello y da un paso para adelante para tratar de leer el cartel de destino del autobús; y, date, ese es el momento esperado, unas décimas de segundo; el instante en que nuestra atención se polariza hacia la puerta del autobús donde se aglomeran los pasajeros; se relaja nuestra vigilia y el caco la aprovecha tan bien tan bien, que cuando vuelvo Victoria todavía no se ha enterado de que le han mangado el macuto; no algo pequeño como una billetera, sino todo un macutazo entero. Todo alrededor es oscuridad, nada por aquí nada por allá. Genial.
El principio de redistribución se ha puesto marcha. El randa hizo su trabajo y no dejó rastro. La organización del mundo va a hacer posible que sin comerlo ni beberlo un currito de Malawi se haga con una pasta algo considerable, que nosotros suframos el fastidio de aguantarnos a nosotros mismos por el despiste, así como el tener que comprar unas cuantas cosas para reponer la pérdida, y finalmente que Mapfre tenga que desembolsar cierta cantidad de dinero en relación con nuestra póliza de seguro. El mundo está bien organizado: se ha producido simplemente un acto de redistribución.
Vodafón y la Telefónica roban de otra manera; además, como nuestros códigos éticos son algo peculiares no consideramos robo multitud de hechos delictivos que cometen a cada momento los que tienen mucho dinero y su único objeto en la vida es conseguir más y más... hasta reventar. No sólo en la construcción, por supuesto. Aparte de que en este caso no hay redistribución que valga, que los que tienen mucho y roban son ladrones sin remedio, mientras que los cacos del Tercer Mundo al fin de cuentas lo que hacen es detraer un pequeña parte de las rentas más abundantes. Además no tienen la desfachatez de hacerse pasar por gente respetable, como les sucede a los otros.
De momento la experiencia nos ha servido para recordarnos lo evidente, que de noche todos los gatos son pardos y que si no estás al loro te pueden desplumar en cualquier momento. Entre otras cosas hemos perdido un ordenador averiado, unos pocos libros y algunos discos, además de las consabidas cosas necesarias para arreglarse y algo de ropa. Poca cosa para que no cunda el desconcierto. Mejor todavía, creo que ello nos acostumbra el cuerpo a no enfadarnos demasiado ni con nosotros mismos ni con el personal que te hace la puñeta. Encontrar la oportunidad de ejercitar la paciencia y la capacidad de comprensión no se da todos los días. Si lográramos tomarnos los inconvenientes de la vida como ejercicios de entrenamiento para nuestra mejor adaptación al mundo y para el fortalecimiento de alguna que otra virtud por ahí perdida, de seguro que la tolerancia a la frustración mejoraba; todo nos iría mejor. Tampoco está de más que el viaje se llene de vez en cuando de imprevistos y anécdotas. De momento el asunto me aisló del ambiente deprimente que presentaba ayer tarde la estación. Aparte de que nos iba a proporcionar la oportunidad de conocer a unos polis agradables con los que era difícil entenderse pero que reían con ganas por cualquier nadería.

El trabajo de viajar

Mzuzu (Malawi), 14 de agosto

Hoy viajar se me hace un duro trabajo. Será por que estoy algo melancólico, será porque cinco meses de patear el mundo le pesa ya a mi cuerpo, será que... lo que veo clama al cielo; será porque la niña que tengo delante, sí, niña, me deprime con su sonrisa amigable, su crío a la espalda, su otro niño agarrado a su falda. Descalzos, sucios, todo mugre; la misma que las otras vecinas cargadas también con críos a la espalda. Me encoge el ánimo tanta miseria y tantos niños con las narices llenas de mocos y el cuerpo cubierto de roña.
Estamos sentados en el suelo grasiento de la estación de autobuses. El nuestro demora ya por dos horas; se hizo de noche. Dos tubos fluorescente alumbran levemente a un par de centenares de viajeros repartidos por dos andenes entre el amontonamiento de sus equipajes. Le doy una manzana al criajo que se sienta junto a nosotros. Huele a decrepitud, a sudor, a orina. Aquí no les atosiga la Iglesia Católica como en Guatemala, pero es lo mismo, los preservativos no deben de ser muy usuales. Son tan jóvenes, y tan llenas de niños, y tan pobres. En nuestro próximo destino dormiremos en un albergue que pertenece a la iglesia Presbiteriana; en la entrada encontraremos un gran cartel: protégete contra el SIDA, abstente o ten sólo relaciones en el matrimonio. A los presbiterianos como a los católicos nos les preocupa en exceso esta miseria andante de familias con seis o siete hijos... todos por supuesto con aspecto de muertos de hambre.
¿Y si cogiera un avión y me plantara en El Cairo después de despedir a Victoria en Dar Es Salaam? Me tienta la idea, estoy muy cansado. Ya me sucedió también en India; tanta miseria me deprime. Hoy nada más que veo dificultades por todos los lados. Los conflictos en Sudán y los problemas para conseguir el visado; Etiopía, cuyas gentes parecen ser muy poco hospitalarias; Somalia otra pobreza hiriente. ¿Para qué coño voy a prolongar mucho más mi visita a este continente? En la India hay pobreza, pero la India tiene dioses y templos, y cultura; y bellas mamposterías con que alimentar mi cámara, colores, hermosos saris adornando el cuerpo de las mujeres. África es más árida, es una pobreza deslustrada, ramplona. Hoy especialmente que los llantos de los niños y la miseria lo llenan todo; esta ineficiencia que se extiende a tantas facetas de la vida social; esta lucha a brazo partido cada vez que tienes que coger un autobús. A mi lado hay un niño que llora ininterrumpidamente desde hace más de una hora.
La última vez que estuve en África me dije que no volvería. De eso hace dos años. En este momento si pudiera saldría huyendo, me marcharía a las islas griegas, por ejemplo. Pero me temo que tendré que esperar aunque sólo sea para ser un poco coherente conmigo mismo; también debo terminar de leer un par de libros que hablan sobre este continente. Tengo la convicción de que es necesario conocer el mundo de primera mano. Lo comentamos entre nosotros algunas veces, una de las partes de la enseñanza obligatoria debería consistir en dar la vuelta al mundo durante un curso entero; con los medios imprescindibles, mirando a un lado y a otro lo que la realidad es. Acaso una inmejorable enseñanza. Estaremos junto al lago Malawi en seguida. Intentaremos buscar una casa, un lugar bonito en el que descansar unos días. Lo mismo allí se me pasa y vuelvo a coger el camino con fuerzas... ójala.
¿Para qué viajo?, me pregunto. Me pasa con frecuencia no saber muy bien para qué hago las cosas que hago. Salvador Pániker decía cínicamente: Ah, ¿pero todavía viajas? No, no creo que se trate de un sarampión; ni de huir de nada, como decía mi amiga Raquel. ¿Por qué subir montañas difíciles?, ¿o atravesar continentes en estas circunstancias cuando el sofisticado y culto mundo de Europa puede ofrecerme tantas cosas interesantes? O acaso una de esas islas que un pasajero de un relato de Cortázar ve desde un avión que atraviesa el Egeo y que se convierte semanas después en su hogar; Creta que me prometí volver a visitar después de una larga estancia con nuestros hijos; Ítaca, para recordar aquel tema de Lluis Llach que pusimos en casa tras Campanades a mort, Viaje a Ítaca, la madrugada que murió mi madre; Rodas, donde el coche casi se nos cayó al mar al bajar del ferry porque los prácticos eran unos cachondos; o incluso Sicilia que recorrimos excesivamente deprisa un verano después de atravesar el Sahara porque a Mario Mariete le había entrado una diarrea que no remitía. Las islas griegas, Sicilia, la Lombardía, los paises balcánicos...? Las islas del Egeo sobrevuelan mis pensamientos estos días como un oasis de descanso para este periplo, de la misma manera que las islas Canarias fueron mi paraíso soñado cuando navegando hace dos años por el río Níger creía que había enfermado de disentería. Una isla es siempre un proyecto atractivo. Ver acaso transcurrir parte del otoño leyendo la Odisea, o recordando la historia de Dido y Eneas, o releyendo a Kavafis...
Hoy me duele África.
Sin embargo creo que las islas griegas tendrán que esperar. No puedo permitirme el lujo de dejar así sin más un puñado de curiosidades en la cuneta de la carretera. Las curiosidades y los retos constituyen algo más que un manjar para el futuro, sin ellos me temo que la vida sería muy difícil.
Hace casi tres horas que debía haber salido nuestro autobús. Pero no hay rastro de él. It’s coming, nos dicen cuando preguntamos a unos y a otros. Es posible que nuestro bus se pase toda la noche viniendo... esperemos que no.

Autoestima

Blantyre (Malawi), 11 de agosto

Años atrás, en la larga cola de inmigración para atravesar la frontera entre El Salvador y Honduras, hablando con un vecino de Tegucigalpa, terminamos, cómo no, llevando la conversación hacia los principales males de América Latina. Nuestro interlocutor, un hombre grueso y de mirada tranquila, con aspecto de haber pasado ya por encima de las veleidades de opiniones poco responsables, nos decía que sin lugar a dudas el problema esencial de la población de su país, era la baja autoestima de sus habitantes. Hablaba de cifras alarmantes de niños sin padres deambulando por la calle, más del treinta por ciento, decía. El porqué de los males de aquel continente, ese enorme espacio que colonizamos los españoles y portugueses, probablemente tiene razones que puede compartir perfectamente con África.


Hoy, al fin, me encontré con esa palabra que estaba echando de menos en la lectura de mi libro, África camina, que me acompaña estos días. Después de casi doscientas páginas de análisis políticos y económicos, me parecía inverosímil no habérmela encontrado no sólo de manera accidental sino como argumento esencial con que explicar la situación de este continente. No parece posible una omisión de estas características cuando tratamos de conocer las razones del subdesarrollo. África surtió de esclavos durante siglos a diferentes culturas, desde Arabia y Europa hasta Estados Unidos. Fueron los parias de la tierra por un tiempo suficientemente largo como para que tanto el subsconciente colectivo como el individual quedara marcado por un sentimiento abrumador de inferioridad. Los hijos de los esclavos terminan asumiendo su papel, la evidencia de una realidad que les viene dada acaba por convertirse en la única realidad conocida, la dependencia y la esclavitud. La colonización europea no cambió mucho las cosas en este sentido; más, la esclavitud se asentaba precisamente sobre la firme idea de la inferioridad de los hombres de raza negra, de la misma manera que antes se atribuyó una inferioridad similar a las mujeres.
La historia y el retraso cultural pesan sobre estas poblaciones y lastran las posibilidades de desarrollo; pero probablemente en tantos y tantos rostros que vemos lo que pesa realmente, se ve en sus caras, es una depauperación espiritual. Hoy me reconcilio con los autores de África camina, porque al final creo que enfrentaron un tema clave y controvertido con decisión; algo que la mala conciencia de los colonizadores impedía decir claramente hasta ahora (precisamente porque esas diferencias culturales fueron utilizadas por colonizadores como instrumento de dominación y desprecio), es decir, que una de las causas importantes del no desarrollo sea la “cultura africana” que incluye: apatía, una gran dosis de fatalismo, una particular relación con la noción de tiempo, la insignificancia del individuo frente a la comunidad, la tendencia a holgar en exceso y el peso de lo irracional y las supersticiones. Un puñado de características que bien podían aplicarse sin más a una parte importante de la población indígena de América Latina. ¿Por qué no llamar a las cosas por su nombre? Quien ha visto los rostros de Tierra sin pan, el documental de Buñuel sobre las Hurdes, puede hacerse una idea de lo que intento decir. La cultura y la civilización ennoblece los rostros, les lava de su primitivismo, de su tosquedad. A nosotros sin ir más lejos en los años setenta nos apedrearon en el Gasco, uno de sus remotos pueblos, cuando bajábamos de la sierra. No tenemos en España el primitivismo del que hablo tan lejos.

La autoestima se nutre de un entorno acogedor, de la cultura, de cierto refinamiento espiritual, de la valoración del individuo como persona. Hablo de una parte importante de la población, de lo que veo, de los rostros de los niños que viajan en autobuses apelotonados entre fardos, de esas largas hileras de negros sentados en el bordillo de las aceras durante todo el día en actitud de estar esperando a Godot. Naturalmente abunda la gente despierta, no cabe cometer la bobada de imaginar una gente con diferente inteligencia, es obvio; pero los índices de analfabetismo, la pobreza y esa ristra de características “culturales” que mencionaba más arriba parecen hacer casi imposible que las clases más pobres puedan levantar cabeza en unas cuantas generaciones. Y posiblemente se hacen esfuerzos en todos los países por los que hemos pasado para ir poco a poco dando una formación a toda la población; es posible. Cuando con frecuencia preguntamos a alguien por un destino, una dirección, es fácil que no nos entienda y nos lleve a la presencia de otra persona que viste y calza de manera muy diferente a la suya. Uno ve ese largo camino que tienen que recorrer todavía, lo repito, en los rostros, en sus gestos, pero sobre todo la falta de aplomo, de seguridad; es la actitud de alguien que vive un tanto de prestado en la vida.
Los siglos de esclavitud, la tosquedad de la cultura propia, la carencia de alicientes, la falta de autoconfianza, ¿no marcará a una gran parte de los individuos del continente todavía durante décadas? Y pienso en nuestra avanzada España y recuerdo esa calamitosa realidad para la que se usa el eufemismo de violencia de género, y no se me parecen hechos muy diferentes a estos que sugiero aquí: brutedad, primitivismo de maridos que parecen no haber sido pulidos mínimamente por la civilización que habitan; y de alguna manera ellas, tantas también, asumiendo servilmente una indigna dependencia.

Hace un par de meses, descendiendo en tren de las alturas del Parque Nacional de Taman Negara, en Malasia, camino de Singapur, pude observar durante horas a una numerosa familia que ocupaba los asientos delanteros. Tres generaciones, todos ciudadanos de aquel pequeño país. Seguridad, deferencia, cortesía, espontaneidad, cultura, algo muy agradable de ver, para mí entonces; un espectáculo el oír conversar a la abuela con el nieto, con la hija, el padre con la madre; escuchar las bromas, observar sus gestos, sus actitudes, la elegancia de sus movimientos. Singapur es un país que apenas tiene unas décadas; tampoco posee grandes recursos, el setenta por ciento de su producto interior bruto se lo lleva el sector servicios. Tuvieron que superar grandes problemas y someterse a una severa disciplina. La mayoría de su población es china, gente laboriosa; los indios y malasios tampoco se quedan atrás en laboriosidad. Hoy es un país que no tiene nada que envidiar a Europa. Naturalmente África no es Singapur, pero el contraste ilustra probablemente ese largo camino que la autoestima debe recorrer para que llegando a ser los individuos dueños de sí mismos puedan optar por una vida acorde a sus deseos.

Osito

Blantyre (Malawi), 11 de agosto

Once upon a time there was a little bear...

Hacía tiempo que no recordaba aquí a mi amiga desconocida. Hoy, un corto correo suyo me invita a nombrarla a propósito de los baobabs y del Principito. Mi hijo más chico, me cuenta ella, se tira al piso, se cubre con una toalla y pregunta siempre: "¿que soy?", y de inmediato le respondo: "una boa que se comió un elefante... ¿es eso correcto?" Y él, contento, me dice: "acertaste !!! ¿ Cómo lo sabías?" Y ambos nos reímos.
Quizás recordéis aquel dibujo de la boa tragona. Mi amiga y yo no nos conocemos pero ambos hemos leído más de una vez con delectación El Principito. Me es grato en esta tarde redescubrir en la retina del otro esa enorme serpiente con un elefante dentro. Mi amiga con nombre de mar, Mer, que perdí antes de que llegara el otoño, también amaba al Principito. Ella sabía de memoria largos fragmentos del ingenuo parloteo de este personaje mitad niño mitad sabio. Volví a leerlo entonces. Una tarde dejé al conspicuo Cortázar y, mientras sonaba un disco de Carlos Gardel que acompañaba mi lectura, cerré Rayuela y me sumergí en el viaje interplanetario del librito que tenía entre las manos mientras mi hamaca se mecía suavemente en la hora de la siesta.
También me dice que no sabía que los baobabs existían de verdad, y que pensaba que eran parte de la imaginación del escritor… y añade: perdón por mi ingnorancia, que diría Borges.
Una gran suerte tener la oportunidad de poder confundir la realidad con la imaginación, que su hijo se convierta en boa bien alimentada, o mejor, que se pueda dar la curiosidad de que mi amiga desconocida haya descubierto ayer mismo la existencia de un baobab, lo que supone para ella un salto del campo de lo imaginado al real; o al contrario, que otra amiga mía se enfadara conmigo cuando leyó cierto post en Pies de foto, titulado La cabra, en donde yo confesaba haberme acostado con eso, con una cabra, lo que supone…. no, mejor no suponer nada; García Márquez hace muy bien lo segundo y Jorge Borges sería un maestro de lo primero si algún día se descubriera que sus tratados de historia y geografía imaginada se los dictaba un amanuense que hubiera tenido el privilegio de habitar una realidad a la cual nosotros, siguiendo las convenciones de la ficción, atribuimos existencia sólo literaria, cuando de hecho, por ejemplo, y siguiendo un relato de este autor, El Quijote pudo ser escrito, llegado el caso, por alguien que no fuera precisamente Cervantes.

Lo que nosotros llamamos realidad parece estar expuesto a un cuestionamiento continuo. Queremos suelo firme bajo los pies, necesitamos nombrar de forma precisa la experiencia, saber el número y los tamaños… igual que aquel sabio de aspecto circunspecto y serio de El Principito cuya misión era contar estrellas y meteoritos. Soñamos y decimos: es un sueño; un sueño, algo "diferente" a la realidad. Como hablar aquí de la gente: blancos a un lado, negros a otro. Cuando la lluvia caía sobre Macondo década tras década y enmohecía de humedad las casas y las verandas se cubrían de oscuros líquenes, la maestría narrativa de García Márquez es capaz de hacernos experimentar una profundización en nuestras sensaciones, hasta el punto en que éstas se convierten en la prolongación de nuestra limitada experiencia de largos días de lluvia. Lleva la realidad más allá, ahonda en las sensaciones, en nuestra capacidad para percibir la monotonía, soledad, la grisura húmeda de los días sin principio ni final.

En realidad el juego entreverado de la realidad y la ficción parece ser uno de los componentes esenciales de la literatura. Un juego en donde un niño cubierto con una toalla puede convertirse en un elefante tragado por una boa, o donde una bella historia de amor puede darse entre un ciudadano británico y una cabra, es un terreno muy propio para poner en evidencia eso que mi amiga llama lo esencial. Dice mi amiga, apostillando las palabras de su hijo: "... Lo esencial es invisible a los ojos, no se ve bien si no es con el corazón." Quizás sea esa la fuerza de la literatura, el modo en cómo las palabras, el relato, suscita en nosotros la visión de lo esencial utilizando para ello tanto esa realidad tangible como la imaginada. En definitiva que sea imaginado o no carece de importancia a efectos narrativos, lo que sí es significativo es la capacidad que tiene el relato para hablar de lo que consideramos esencial y para suscitar a su vez emociones y sensaciones concomitantes.
Y recuerdo ahora un día que discutíamos mi amiga con nombre de flor y yo, mientras una ricksaw nos llevaba, atravesando Pune, camino de la estación de autobuses, sobre las buenas o malas excelencias de Bukowsky en relación a Hemingway; y mientras ella defendía la crudeza del primero, su descarnada relación con el sexo y su exposición sin ambages, yo me quedaba con Hemingway y su capacidad de evocación. Y cuando me tocaba argumentar recordaba a Roland Barth y su defensa de la faceta erótica de la literatura, en el sentido de lo que tiene ésta de evocadora, sugeridora; esa delicada tensión erótica que se produce en el umbral de las emociones a punto de desencadenarse. La realidad por sí misma no basta para hacer literatura, defendía yo. Y quizás lo único que retenía en aquel momento era un relato corto de Hemingway de un hombre que pasa unos días pescando en un apartado paraje del suelo americano.
Un encuentro con la naturaleza y con él mismo. No recuerdo la historia, pero sí permanece la emoción; no el relato en sí, sino lo que lo que el relato me sugirió, las emociones que suscitaron su lectura.
Un día Osito coge unos muelles, los engancha en una caja de zapatos; se pone ésta en la cabeza a modo de casco y sale de su casa camino de un árbol próximo. Se sube a una rama, se tira, y cuando se levanta del suelo, dice: ya estoy en la Luna. Y entonces se da una vuelta por los alrededores y se encuentra con una casa parecida a la suya. Osito entra en ella y habla con la señora osa que hay dentro como si ésta fuera una selenita. Ella naturalmente le sigue la corriente, ella también tiene un hijo que se fue de paseo. Y la conversación se alarga y Osito se mosquea cada vez más… porque podría ser que en definitiva estuviera de verdad en la Luna… y entonces abre los ojos y gimotea: no es verdad, no es verdad, tu eres mamá Osa, y tu hijo soy yo. Mamá Osa sonríe entonces y abraza a Osito. A Osito le gustan las pelis, pero cuidado, con las cosas importantes no se juega. Su mamá Osa es su mamá, ¡a ver qué iba a hacer él solito en el mundo sin los brazos amorosos y protectores de ella!