El viaje de África concluyó. Primavera, verano y... vuelta a empezar: el otoño que asoma otra vez a la vuelta de la esquina. En esta ocasión la aparición de la nueva estación en el horizonte me ha empujado hacia los países ribereños del Mediterráneo. El viento soplaba por proa de sur a norte. Así que rumbo al Egeo. El ciclo de las estaciones sigue su reiterado ir y venir... como las olas. Desde este vínculo puedes saltar directamente al blog siguiente. Lo he titulado Europa: camino de casa. Puedes hacer clic en la imagen tambien.





Un hotel muy especial

Nairobi, madrugada del 5 de septiembre


Después de la primera noche en el Alfa Hotel, de Nairobi, pedí una habitación menos ruidosa e inmediatamene me llevaron al segundo piso, al fondo de un pasillo en donde los pasos, tras atravesar una nueva puerta de barrotes de hierro, sonaban como en una penitenciaría de lóbregos pasillos. La habitación del fondo a la derecha tenía buena luz y daba a un estrecho callejón; en ella apenas había espacio para la cama, para mi macuto y para un cubo y gran barreño llenos de agua indicaban de entrada la posibilidad de cortes de agua. No quise pensar en ello. Tenía luz y un enchufe. De momento era suficiente. Luego, por la tarde, descubrí que no había agua en el lavabo y que la luz atravesaba a duras penas la suciedad de los cristales protegidos por una malla metálica de delgadas varillas de hierro oxidado. Efectivamente, el ruido era algo menor que el de la noche anterior, pero no mucho menos. De madrugada me despertaban continuamente las voces esporádicas de la calle, y cuando empezó a amanecer ya fue imposible intentar dormir. El agua de la ducha había golpeado durante toda la noche con un plaf plaf contra el suelo que recordaba esa obsesión con el tic tac del reloj en alguna película de Bergman; quizás se tratara de El manantial de la doncella.. Imposible eludir el sonido, más bien era un ejercicio continuado de espera; la gota demoraba unos segundos y entonces caí sonora sobre el pavimento produciendo un sonido seco. Cuando la calle estuvo llena de transeúntes y vendedores, empezó a sonar una música pegadiza que se repitió durante toda la mañana sin variación alguna; no me molestó hasta que no fue consciente de su reiteración; entonces empezó a resultarme tan molesto que a punto estuve de dejar lo que estaba haciendo para ir a buscar en la calle un lugar donde continuar con mis lecturas. Pero paró. Sin embargo aquello no duró mucho; al poco rato, de improviso, empezó a oírse una voz desde una megafonía cercana con un volumen que habría hecho imposible entenderse a dos personas que estuvieran hablando en la misma habitación. Era una voz enfática pero monótona, sin curvas tonales, sin puntos de inflexión, la de alguien cargado de la rotunda verdad de la fe; una voz gruesa de mulá o acaso de un político dispuesto a convencer a la audiencia con la potencia de sus palabras. Lograba aislarme en algún momento, pero la voz traspasaba las paredes como un televisor con el volumen al máximo. Luego, cuando decidí que no podía seguir martirizando a mis oídos y salí al pasillo, comprendí que la voz no venía de la calle sino del mismo interior del edificio. ¿Un televisor? Un televisor no llegaba a esos decibelios. Mientras esperaba a que me abrieran la reja, después de accionar un pulsador a la derecha de la puerta, pensé que aquello no podía ser otra cosa que una arenga. Doblando el pasillo a la izquierda atravesé junto a dos largas habitaciones acristaladas en donde diversos grupos de hombres celebraban algún tipo de reunión. Parecía difícil que pudieran entenderse en medio de la voz atronadora que venía de la megafonía, ahora con toda seguridad procedente de algún local próximo. Bajé la escalera. Acaso era algún acontecimiento político o religioso importante retransmitido por televisión o radio. Cuando atravesé el hueco de una escalera que partía frente a la carnicería del primer piso, no me quedó la menor duda de que sólo una reunión multitudinaria allí arriba podía justificar la voz acalorada e intimidatoria de lo que yo pensé era un mulá exhortando a los fieles con los requerimientos de la fé islámica. Salir al ruido de la calle fue descanso.

A la caída de la tarde, de vuelta al hotel, Rosa, la “guardesa” del piso superior, una mujer de edad de mirada inquietante y aspecto desgreñado, no dudó en pedirme algún dinero; para una soda, decía; y como le diera unas monedas que no le parecieron suficientes, después de contarlas se fue detrás de mí para que le completara la cantidad requerida. Ello dio pie para que bromeara con ella. Salgo a las dos y media de la madrugada para el aeropuerto, dos y media... ¿no problems? Ella asintió: ok. Tendría que tener preparada otra propina por sacarla de la cama a esa hora intempestiva. Cuando a las dos y cuarto dejé mi habitación, al fondo del pasillo había un hombre dando tumbos de una pared a otra del corredor, caminaba como intentando atinar a meter su cuerpo en el hueco del pasillo que tenía delante sin darse de bruces con el suelo. Logró llegar hasta la esquina. Hice sonar el timbre para que vinieran a abrirnos la puerta de hierro; mientras tanto, al otro lado, tras el hueco superior de una puerta también con barrotes de hierro, miraban dos mujeres insistentemente. Sentí una mano en el hombro al mismo tiempo que un amistoso ¡jambo!; ¡jambo! le contesté. La curda que llevaba encima apenas le permitía articular correctamente algunas palabras. Él era un seguidor del Barcelona. Las mujeres de enfrente investigaban la posibilidad de un cliente. Rosa estaba contenta, su venida, procedente del piso inferior, venía precedida por el tintineo de las llaves y por su propia voz que decía algo ininteligible. Tuve que saludar casi con una disculpa a las mujeres de enfrente, algo así como diciendo, lo siento, no tengo tiempo. Al doblar el pasillo a la izquierda, me di de frente con otra de las prostitutas, una mujer gruesa que parecía dispuesta a irse a la cama después del trabajo de la media noche y que sostenía un cigarrillo en la mano izquierda. El taxista me esperaba ya en el rellano del primer piso junto a la carnicería. La ciudad, después de abandonar el centro, se convirtió en un oscuro laberinto de calles oscuras y silenciosas. El conductor no abrió la boca hasta que no llegamos a las proximidades del aeropuerto; era un hombre tímido y servicial. Me dejó frente a la puerta principal.

Cuando fui a recoger mi macuto que habían depositado en la cinta transportadora del scaner, al otro lado me encontré con el empleado que dormía a pierna suelta. Una hora intempestiva para coger un avión; debería estar prohibido poner la salida de un avión a las cuatro o cinco de la mañana. Salvo el policía que me recogió el pasaporte y cuatro o cinco empleados más, todo el mundo dormía; unos a pierna sueltas sobre el suelo de los duty free shop y tiendas de regalos, otros simplemente recostados sobre el mostrador; algunos pasajeros había escogido un rincón junto a la puerta de embarque para estirarse todo a lo largo sobre el suelo. Fue en las cercanías de una de estas puertas donde me encontré con Kenzuburo Oé y su familia.

En realidad esto de escribir y que las palabras aparezcan en la plaza pública me parece a veces un desafuero. Me propuse dejar de hacerlo varias veces porque me creaba dependencia; lo ensayé por un tiempo allá cuando andaba por Malasia o Indonesia, pero me surgió la duda, porque aunque me creara dependencia también era cierto que ello mismo creaba una disposición en mí hacia un trabajo que de otra manera casi con seguridad que no se hubiera llevado a cabo. Aquello que cite de Brancusi en cierta ocasión de que más importante que el empeño de crear era el poner al cuerpo en condiciones de... Y mi cuerpo, sea por las circunstancias del viaje o por cualquier otra razón, la verdad es que sí parecía estar en estado de buena esperanza; por lo cual habría sido una lástima desaprovechar la ocasión.

Hoy, de madrugada, en un asiento cercano a la puerta de embarque del aeropuerto de Nairobi, cuando daba vueltas a estos asuntos y volvía a plantearme la posibilidad de abandonar nuevamente esto de los blogs, tuve un muy curioso, y afortunado, encuentro. Por el pasillo que daba acceso a la sala de espera de mi vuelo a El Cairo, delante de mí, avanzaba un joven propulsando su silla de ruedas, seguido por un hombre de andar tranquilo, seguro y de una elegancia sencilla que caminaba junto a una mujer menuda de baja estatura. Se trataba del matrimonio Oé, el escritor y premio nóbel japonés, Kenzaburu Oé, acompañado por su esposa e hijo. Recordaba sus rostro en la contraportada del libro suyo que leí el año anterior, y la especial relación con el hijo minusválido; una agradable sorpresa que tenía relación con lo que pasaba por mi mente en aquellos instantes. No recuerdo el titulo del libro, una obra densa que recreaba la memoria del autor y la del señor Gili, un tío suyo enamorado de la obra de Dante. Un retrato realista que el autor enfrentaba sin muchos afeites, con una crudeza que obligaba con frecuencia a detener la lectura para apreciar más detenidamente lo que se estaba leyendo.

Después de todo, como tantas veces, la realidad no sólo podía igualar a la ficción sino que la superaba sobradamente. Una discusión que he mantenido frecuentemente a veces con mi amiga Marisa, ella partidaria de la ficción neta y yo defensor de reflejar lo que las pulsiones y experiencias personales me ponen delante. Kenzaburu hace lo uno y lo otro en diferentes obras, y aunque no conozco más que su obra autobiográfica, de volver a coger otro libro de este autor, creo que preferiría buscar de nuevo el rastro de su propia memoria a leer sus trabajos de ficción. De momento mi capacidad para la ficción sigue varada; quizás estos días haga algún ejercicio de estilo diferente mientras merodeo por las islas griegas.

Reír

Nairobi, 4 de septiembre


Le cogí gusto a un restaurante desde cuyo primer piso, a través de una gran cristalera, puedo mirar la calle. Hay gente joven, algunos ríen a carcajadas mientras saborean un helado con copete. La risa.

También reía hoy un hombre-cartel que denunciaba la corrupción en una concurrida calle del centro de Nairobi. No era el aspecto bronco y serio de los acusadores, sonreía mientras exhibía su cartelón en verde fosforito que llamaba a erradicar la corrupción del país. Admirable humor. Buenos arrestos para dedicar el tiempo, de esa manera tan peculiar, a tratar de erradicar esta terrible enfermedad africana.

Hay culturas que ríen menos; en África se ríe bastante, por cualquier nadería un pasajero puede hacer la vida agradable al resto de los viajeros durante todo el trayecto. Algunos, además, hablan sin parar. Me gusta; ellos, ellas, ríen; a mí me sale sonreír. Me eché a la calle tarde después de hacer un recorrido por el material que me había dejado Victoria sobre el continente. La Wikipedia se ha convertido en una buena suministradora de información actualizada. Caminar por la calle como quien lo hace por un paisaje atractivo lleno de curiosidades. Hombres y mujeres que se encuentran y se dan la mano, se abrazan, se muestran relajados y receptivos, charlan. Ayer hice una reserva para el primer vuelo con Atenas que tuviera plazas disponibles. Me dirijo a la agencia. La lista de espera ha funcionado bien; cuando entro por la puerta de Egyptair la señorita me llama por mi nombre: hay un vuelo para la próxima madrugada; así que mañana al mediodía estaré en Atenas. Salgo de la agencia con el billete en el bolsillo. Me abren la reja. Las medidas de seguridad son ostentosas por todos los lados. La policía cachea en algunos autobuses a los pasajeros antes de subir al vehículo. Una ciudad moderna no implica que todos tengan acceso a los mismos recursos, el principio de redistribución está a la orden del día también aquí.

Reír. ¡Qué gozo oír reír! Despreocupada relajación; uno se siente más parte del mundo común riendo. A mí me gustaría reír mucho más. La chica que se sienta frente a mí se come un helado mientras espera a alguien. Al final se ha decidido a llamar por teléfono a ese alguien; no está enfada, todo lo contrario, suelta su risa cuando el otro contesta; no se ha disculpado por la tardanza, simplemente le ha contado algún chascarrillo... y naturalmente ella, cuyos ojos dicen que está enamorada, ríe como una tonta a la voz que le viene del móvil. Los enamorados son un espectáculo para los ojos.

Junto al bienestar de la risa siento que me viene un poema. Le atiendo, digo a estas líneas: esperad un momento, ahora vengo. Me voy con los versos; nada risueño lo que va saliendo. Qué le vamos a hacer. No soy yo el que escribe, sino ellos. Yo sólo les escucho, escribo al dictado, veremos. Mientras lleno un par de folios, de tanto en tanto descanso la vista sobre un grupo cercano, mujeres jóvenes; comen sorbetes de fresa, se fotografían abrazadas; una de ellas planta un beso en la mejilla de su compañera; las otras ríen. Vuelvo a mis versos, que hablan de temas serios, esa línea del horizonte que hay en alguna parte y que no vemos, la urdimbre de que estamos hechos, ese sentir de continuo que uno no sabe donde tiene los pies, esa presión interior que nos dice que el que no tiene dios debe inventarlo; acaso buscando entre los rostros de la calle ese destello de infinito que en algún momento lleva a la emoción a reconciliarse con el mundo, a buscar en los otros nuestro propio reflejo huérfano. De todo esto tiene la culpa la risa que hoy encontré desperdigada aquí y allá en las calles de Nairobi; un buen final para cerrar este cuento. Mi paseo por África concluyó.

Hasta la próxima.


Dejando Africa

Nairobi, 4 de septiembre


ALGO SAGRADO

Y sin embargo... “es preciso que haya algo sagrado”

que la risa se te cruce en los caminos

que puedas gritar tu alegría y tu dolor a algún dios lejano.

Porque es necesario que Dios exista

porque es imprescindible asideros suficientes

para seguir escalando la alta roca,

la esbelta montaña.

Es preciso que haya algo sagrado

con que rompernos los dientes

donde verter nuestra sangre y nuestro sueño,

nuestra inquietud,

nuestro desvelo.

¡Anheloooo!

sí, anhelo.

Que podamos juntar nuestros labios

y oír en silencio el ruido de las olas

el espectro que vaga en la noche

guadañando la tierra bajo nuestro cuerpo.

Oírlo desde la inquietud

transformada acaso en un hilo de ansiedad

que crece, que crece.

Es preciso encontrar un remanso

donde el agua rumoree monótonas nanas

que nos hagan olvidar nuestra soledad

bañada en las risas de los pájaros.

Sí, es preciso que haya algo sagrado

frente a lo que hincar las rodillas

y pedir perdón por nuestra soberbia

por nuestros pecados.

Porque si no ¿quién habrá de perdonarnos?

¿quién nos llevará de la mano

cuando nuestro cansancio se haga insoportable

cuando el calor se haga fuego

cuando la humedad penetre en nuestros huesos?

Es preciso que haya algo sagrado,

un lecho, una mañana de sol tras la lluvia,

un hombre, una mujer, un cuerpo.

Porque somos pequeños y desvalidos en un país

donde los orfanatos todavía no existen

donde el silencio cósmico ahoga nuestras voces.

Hoy reía la calle entera,

había besos y abrazos en las aceras

y eso me hizo pensar en Dios,

regazo, reposo, silencio.

Las aguas del río no pueden llevar

a otro lugar que a Él mismo,

allá donde no hay anhelo ni desazón,

sólo silencio, calma infinita.

Y es que todo esto existe en la urdimbre del hombre,

oscura y sucintamente entrevisto.

Por eso lloramos sin saber por qué,

por eso se inquieta nuestra alma,

por eso anhelamos.

Por eso es preciso que exista algo sagrado,

porque de no ser así

estaremos perdidos en medio de una ciénaga.

Nada me retiene ya en esta ciudad de Kenia

si no son las risas y

este constante tumulto de voces

que rodean mis versos.

Quizás no sea preciso que exista algo sagrado,

que baste una mano amiga,

el sonajero de su risa,

la confianza que engendra la compañía;

quizás Dios no sea otra cosa

que la mirada de unos ojos,

la tumultuosa inquietud acogida

al final de una tormenta

en el varadero de una playa protegida del viento.

Quizás no sea preciso que exista algo sagrado...

entonces, antes que llegue el silencio.

Una difícil síntesis

Nairobi, 3 de septiembre

Por la mañana, una hora casi fresca para caminar por las calles de Nairobi, paseando mi ocio por una sorprendente ciudad de anchas calles y elevados edificios, forzadamente tranquilo, no tenía otro proyecto encima que intentar olvidarme de este desconcertante contraste entre la Kenia rural que veía ayer y la bella ciudad moderna en la que amanecí; veía lo fácilmente que uno se siente inducido a formar opiniones inmediatas. Esto no era un tercer mundo ya; ni mucho menos. Los contrastes animan a dar respuestas inmediatas y a ejercer una crítica acaso precipitada. Era una sensación. Y quizás junto a ella, al reconocer en los transeúntes personas nada diferentes a nosotros mismos, sentía el malestar de cuando uno no es capaz de determinar el origen de una dolencia. Parece como si nuestro cerebro hubiera de tener las cosas definidas, manejar conceptos de perfiles más o menos precisos, para sentirse medianamente cómodo dentro de la realidad por la que transita. Algo de eso empezaba a ver yo en mis argumentos últimos; igualmente ahora no me resultaba creíble que todo ese retrato robot de la sociedad africana que yo había leído en los libros fuera del todo consistente. Era persistente esta idea mientras esta mañana trabajaba en un ordenador de un cíber: oír conversaciones, comprobar el trabajo de otros usuarios, la cortesía y los modos de relacionarse... Ese libro que leí últimamente, Africa camina, la instrumentalización del desorden, por ejemplo. ¿De qué África hablan los libros? Los libros no pueden hablar de todo a la vez; se mueven en torno a tendencias generales; de la misma manera que el Nairobi de esta mañana no tiene absolutamente nada que ver con el mundo rural que se extiende al sur de Kenia de ayer, puede suceder que los libros hablen de realidades que guardan escasa relación entre ellas. Acudiendo a un ejemplo, no parece que la gente con la que me tropiezo hoy en Nairobi pertenezca, puestos a establecer criterios de geografía humana, a un ámbito social diferente al que pertenecen los vecinos del centro de Madrid. Los criterios que se usan al referirse a los africanos, ¿a qué africanos se refieren? Porque es obvio que tanto en Harare, la capital de Zimbabwe, como en Dar es Salaam, o en Ciudad del Cabo existe una población urbana culta y tecnológicamente preparada que nada tiene que ver con el resto del país. Y yo, relacionado en mi viaje prioritariamente, acaso, con una población menos educada (y no sólo eso, sino muy rudimentaria y primitiva en ocasiones), me encuentro hablando de África como un todo, cuando en realidad hablo de una determinada parte de África.

Es también la incapacidad de resolver un problema muy complejo que acaso requiere respuestas muy matizadas; y teniendo necesidad de respuestas se sufre la tentación de con las prisas hacer una improvisación parcial o poco fundamentada. El otro día, ante la presión de la visión de tantas mujeres embutidas en un sadhor e imaginando todo lo que ello significa para la vida de una mujer musulmana, me salió decirle a Victoria, que ese Mahoma era un gilipollas, Mahoma o sus interpretadores. Era una respuesta visceral ante el desconcierto que una visión medieval de la mujer producía en mí, y que se asienta precisamente en su doctrina; evidentemente Mahoma no era un gilipollas, de la misma manera que no lo eran San Pablo y todos los primeros padres de la Iglesia que hicieron de las palabras y del espíritu de Jesús un galimatías de preceptos; sin embargo ¿cómo expresar lo absurdo con el énfasis necesario, cómo argumentar, en el caso de que uno fuera capaz, todos los largos caminos que terminan en ese drama femenino, del que probablemente la mayoría de ellas no son conscientes? Hay cosas que claman al cielo, y que aparecen ante los ojos con tanta evidencia que a uno no le sale andarse con paños calientes.

Tampoco una conversación o unas líneas en un blog son una tesis doctoral; hablamos desde nuestros conocimientos y nuestra experiencia, cada uno desde los suyos, y eso ofrece riesgos; uno opina y al día siguiente siente que algo no funciona en sus palabras... han faltado matices, el principio de generalización se ha disparado y se siente cercano a la crítica de Stevenson cuando hablaba de alguien que “como todos los ignorantes” caía con frecuencia en generalizaciones precipitadas. Ese es mi malestar hoy ante alguna interpretación que pueda ir haciendo de las realidades que atraviesa mi viaje.

Y le sucede algo parecido a mis fotografías, a los retratos; muchos de ellos son el reflejo de la parte más dolorosa de estas tierras. Pero se trata de las fotografías posibles, momentos peculiares en que se establece una camaradería en un autobús y los viajeros se prestan a ser fotografiados; o instantes en las calles de un pueblo donde los vecinos o los niños ponen de manifiesto su curiosidad frente a los viajeros; o circunstancias en una zona turística que se ha habituado a estos hábitos de los turistas de fotografiar todo lo que pillan por medio. ¿Cómo voy a fotografiar en las calles de Nairobi a la gente corriente?; ¿puedo fotografiarle, le digo a alguien que está en la cola del cajero automático?; ¿may I take your picture?, solicito del ejecutivo que me atiende en el banco, del dueño de la librería frente al hotel?

El grupo de españoles con el que me encontré el otro día en la oficina de inmigración de la frontera entre Tanzania y Kenia ni siquiera tendrían este conflicto, porque para ellos África no eran ni el mundo rural ni este otro urbano del que hablo hoy; para ellos África era un minibús todoterreno que les llevaba y les traía desde un parque nacional a otro, de un hotel de aquí a un hotel de allá, de una tienda de souvenirs a un espectáculo acullá preparado expresamente para los turistas. Así que tres Áfricas, la urbana, donde las élites y la buena educación son la norma, la rural y la de los suburbios, y aquella otra que es la que visita el turismo internacional: el África de los parques nacionales.

Así que mi malestar de hoy, a punto de marcharme de este continente, es el no ser capaz de llegar a una síntesis de aproximación después de dos meses de viaje y de lecturas. Podría haberlo hecho en lugares como Zimbabwe, donde ciudades como Harare, un lugar de apariencia moderna, pero dislocada, con las tiendas vacías, con largas colas para el pan, guarda cierta relación con el resto del país, un país tomado bajo la mano de hierro de la dictadura de Mugabe; una economía fallida dentro del experimento socialista, pero me es imposible hacerlo con Nairobi, donde hay de todo, abundan los bares, los pubs, la gente trabaja y se divierte, reina la misma apariencia de una gran ciudad occidental. Soy incapaz de poner en relación estas dos poblaciones tan diferentes; ¿qué resultará, qué lectura puede hacerse, qué futuro cabe esperar de un país con dos realidades tan dispares? Quizás el futuro sea la consolidación del ghetto y África pueda seguir creciendo y modernizándose mientras el medio rural y los suburbios permanecen a cientos de años de distancia. Esa era la impresión viendo a los hombres y mujeres masais junto a la carretera, sentados a la sombra sin hacer nada, o cuidando el ganado, o caminando por los senderos de tierra roja camino del poblado próximo. Frente a una existencia en la que el tiempo carece de significado, otra diferente que está hecha de trajín, formación y laboriosidad. Como hablar de dos continentes diferentes. Y dentro de ello, la esperanza de si el segundo crece discretamente bien, exista la posibilidad de que algunas migajas lleguen al primero. Una exigua esperanza; frente a los cincuenta metros que separan una papelera de otra en las calles de Nairobi, están los riachuelos de excrementos y aguas residuales que corrían ayer por las calles del pueblo en donde el autobús hizo una pausa.

Déjate llevar

Nairobi, 2 de septiembre

Déjate llevar por la música, decía ella, una noche de farra bajo el cielo estrellado de Allepey, al sur de la India. Ella percibía mi envaramiento; el de los tímidos en muchos encuentros sociales. Y de verdad que lo intentaba; bailé incluso un rato, pero miraba con envidia la soltura de los otros. Yo me dejaba llevar sólo un poco.

Déjate llevar; me lo digo muchas veces. Pero... en realidad si es que me dejara llevar no saldría apenas de mi cubículo de caracol. Sin embargo, hoy me estoy dejando llevar; es como si me estuviera despidiendo de África. Creo que estoy empezando a echar de menos signos de otras culturas después de cinco meses; cambios de ritmo, como decía ayer. Ha sido una excelente experiencia pero África es muy dura de viajar; cansa; necesito un cambio de aires, echo de menos eso que puede llamarse el entorno cultural de Occidente; el sofisticado mundo de nuestra cultura milenaria, nuestro cine, nuestro teatro, nuestra música, nuestra bien organizada sociedad... que como tantas veces no apreciamos de la misma manera que no se aprecia el bosque metidos entre los arboles.

Un día de estos habré de escribir algo más sobre esto, Agradecimiento, lo podré titular, agradecimiento a todos los que nos precedieron en el planeta e hicieron posible que hoy podamos disfrutar del grado de cultura y civilización que tenemos; que muchas veces olvidamos; que nada se hizo solo en el mundo, y que lo que media entre, pongamos por caso Malawi o Zambia y un país europeo, es eso, acumulación de trabajo y empeño, grandes dosis de creatividad desarrollada briosamente durante siglos. Hay un dicho aquí que reza: Una generación planta un árbol y la siguiente disfruta de su sombra. Todos plantamos árboles pero a la vez disfrutamos de una sombra milenaria bajo la cual nació y se desarrolló nuestra cultura. Ahora que parece que estoy cada vez más cerca de Grecia, ¿cómo no considerar que la Grecia Clásica hace más de dos mil años estaba mucho más adelantada que la mayoría de los estados africanos actuales? Grandes plantadores de árboles, un enorme vivero de donde nació nuestra espléndida cultura. No basta saberlo, hay que andar lejos de casa una larga temporada para sentir en el cuerpo esa necesidad compulsiva de agradecimiento. El otro día nombraba aquí a Julius Nyerere, el padre de este gran país, Tanzania, y de cuya mano empezaron estas tierras a crecer poco a poco. En el mundo de las emociones suceden a veces cosas realmente extrañas; cuando visité, por ejemplo, en el Museo Nacional de Dar es Salaam, en determinado momento sentí nuevamente que se me humedecían los ojos. Ya me había sucedido en el museo de Soweto, en Sudádrica. Ahora era la figura de este hombre, Nyerere, un gran símbolo, con Nelson Mandela, de lo que la inteligencia y la honradez es capaz de crear... a diferencia de la mayoría de los otros países africanos que viven en una miseria medieval en gran parte debido a que su clase dirigente desarrolla virtudes opuestas a las que ejercieron estos dos estadistas. Imagino que las raíces de mi emoción bebían el agua de la solidaridad que embarga a cualquier ser humano cuando las fuerzas del bien terminan abriéndose camino entre la miseria, sea esta el apartheid, o el afán de poder y dinero.

Así que hoy mi agradecimiento nace del contraste entre este mundo y el de aquel otro al norte del Mediterráneo; el contraste entre un mundo rudimentario y en ocasiones bastante salvaje e inseguro y otro mucho más sofisticado, con grandes posibilidades para que en él podamos desarrollar nuestras facultades. Ese mundo hacia el que hoy me dejo llevar inevitablemente... con ganas, deseoso de confirmar mi pertenencia a él. Viajar es esa distancia necesaria entre los amantes que hace que tras la ausencia nuestro amor, nuestro afecto sea más ardiente, más agradecido, sepamos reconocer mejor el valor de lo que tenemos...

Déjate llevar. Esta noche un pub-restaurante de una bulliciosa calle de Nairobi. Cerca de las once de la noche. La música de los pasillos deja las voces reducidas a un lejano murmullo de fondo, un ritmo compulsivo de batería. No pienses, no cuelgues lo que oyes o ves en ningún pentagrama valorativo. El autobús en que viajaba paró en una calle que parecía un río de gente y decidí bajarme. Me metí en el primer hotel que encontré; unas escaleras estrechas; subo, y donde debía estar la recepción, en el primer piso, me encuentro con una carnicería tras unos barrotes de hierro, música a tope, a la izquierda un pasillo da a un pub, más adelante un bar; giro a la derecha y me topo con una puerta de hierro en cuyo tercio superior se abre un ventanuco rectangular de un palmo de ancho; la música no me deja oír el precio de la habitación que pronuncia desganada una mujer repantingaba indolentemente al otro lado de la puerta. Pasillo adelante se abren dos locales mas, el corredor desemboca en un amplio espacio que parece un restaurante. Creo que me quedo, voy a ver en qué consiste esta caja de Pandora en la que me he metido. Para llegar a mi habitación hay que traspasar una reja como las de la cárcel. Extraño lugar. La encargada abre la puerta y la vuelve a cerrar tras de sí. La habitación: como las que le gustan a cierta amiga, con la pátina del tiempo, oscura, un poco tétrica, llena de un terrorífico ruido de tráfico y voces. No, a las diez de la noche no voy a buscar otra cosa.

Salí a la calle de inmediato. Una espesa aglomeración y un olor a gasoil que se masca. Los minibuses se amontonan en doble fila voceando destinos entre el enmarañamiento de los peatones. Estaba de vacaciones, así que anduve errático dejándome llevar con las manos en los bolsillos mirando a mi alrededor este mundo de trajín de rostros oscuros que me salía al encuentro después de haber decidido a lo largo del trayecto de hoy que en Nairobi iba a acabar mi viaje africano. Desde el desayuno no había probado bocado, así que me metí de oído –más música a tope- en uno de los locales que servían comida.

Estoy cansado de África, ¿por qué iba a negarlo?. Habría preferido atravesar Etiopía y Sudán, pero creo que para esta ocasión tengo bastante. Ayer tuve que defenderme de dos ladrones que intentaban abrirme el macuto grande en plena calle; uno, por delante, enfundando una ancha sonrisa con el my friend en la boca y la palmadita en el hombro, el otro, por detrás desvalijándome. ¡Admirable el arrojo que tienen! En plena calle, en medio de la anuencia de los transeúntes, que parecían mirar aquello como si de un espectáculo festivo se tratara. El que quiera diversión, que se venga a África, aquí no le va a faltar. En esta ocasión no me excitó el percance lo más mínimo; me sentí aburrido y algo apático teniendo que vigilar mis pertenencias minuto a minuto; aburrido quitándome de encima toda la mañana a los buscadores de propinas.

Luego, el autobús volvió a estropearse; deambulé haciendo algunas fotos en un lugar misérrimo. Los masais están desperdigados por toda la región, se les ve junto a sus ganados apoyados en un largo palo; los lóbulos de sus orejas cuelgan tres dedos por debajo de lo normal, deformados y formando una oquedad de varios centímetros. Visten sus trajes típicos, adornos de cuentas de colores en orejas, muñecas y tobillos. El personaje con el que me encuentro, éste que aparece en la fotografía, se deja fotografiar, pero me mira con la indiferencia de quien tiene a un extraterrestre delante. Las calles hedían, recorridas por el arroyos de las aguas residuales. Los pueblos están sucios y llenos de basura. No quise fotografiar nada de aquello. Sí hice unas tomas del autobús, verde, y de un contenedor rojo que me parecieron enormes flores vistosas en medio de un estercolero. Mientras fotografiaba a un hombre y a unos niños se hizo corro a mi alrededor; veinte personas observaban mis preparativos y seguían las indicaciones que daba a mis modelos improvisados. Sonreí bobaliconamente a la concurrencia, hice un gesto de agradecimiento a mi retratado y me escurrí de allí. Me dirigí al fondo de un descampado en donde se sentaba un grupo de ancianos. Sus miradas adustas y poco amigables me podían haber proporcionado una buena colección de retratos, pero me pidieron dinero tan desabridamente que en mí pudo el rechazo más que mi afición de fotógrafo; cosa de la que me arrepentí después. Un par de euros me habría dejado la notable fuerza de unos rostros carcomidos por el tiempo y la desidia.

Anoche me dolían los ojos y dejé estas líneas para terminarlas a la mañana siguiente. Tampoco debe ser bueno someter al cerebro a tan continuados estímulos; eso pienso esta mañana nada más despertarme, un decir, porque el ruido de la calle es tal que apenas tengo sensación de haber dormido. Mi necesidad de dejarme llevar es hoy más apremiante incluso que ayer. Dejarme llevar hacia otras latitudes. Hoy después de desayunar lo primero que haré será hurgar en Internet a ver para a donde encuentro un vuelo.


(Desde el ciber ya, tendria que a;adir para ser coherente con lo anterior, que el centro de Nairobi no pertenece ni a Kenya ni a Africa; lo que ayer era un basurero hoy son las calles de una ciudad como cualquier capital de Europa)






Crónica de un día cualquiera

Arusha National Park (Tanzania), 1 de septiembre

Parque Nacional de Arusha. Noche bajo el techado de paja de un porche. Un alto en las laderas desde donde con tiempo despejado se ve el Kilimanjaro, veinte o treinta kilómetros más al norte. Es la noche de la naturaleza sin paliativos: grillos, perros que ladran a lo lejos, animales desconocidos que despiertan con la oscuridad. Noche estrellada; sólo un copete de nubes que cubre la cima del monte Meru más arriba de la ladera de donde me encuentro. El viento ha traído durante toda la tarde cantos que probablemente pertenecen a una comunidad presbiteriana que tiene su iglesia unos cientos de metros más abajo.

Hoy, cuando logré quitarme de encima los servicios no solicitados de un hombre empeñado en solucionarme todos los pormenores del viaje, y salí a la calle con el macuto a la espalda tuve la sensación que empezaba otro viaje por una tierra diferente. La calles de Arusha, que la noche anterior cuando llegué, me parecieron un desierto inhóspito, esta mañana, convertida la ciudad en un mercado, ofrece un atractivo novedoso y lleno de color. Todo se vende en la calle. Muchos hombres llevan sobre el cuerpo una especie de capa de cuadros rojos que les llega hasta los pies. Pregunto. Son masais, me dicen. Coloqué hace unos días un par de fotografías de mujeres masais con sus atuendos típicos; su vestuario se distinguía por una especia de gola (creo que sea el nombre) en forma de amplio plato que les rodeaba el cuello. Una tribu que expresa su orgullo de una manera inequívoca. Cuando en Dar es Salaam pedí permiso a un grupo para hacerles una foto, aceptaron de buen gusto (aunque para mi disgusto las fotografías no salieran debidos a un despiste del fotógrafo). Tras preguntar dos o tres veces di con el dala dala correspondiente (principal medio de transporte en el país, pequeños microbuses en estado casi siempre ruinoso) que me llevaría a Musu, allí another bus, me dice uno de los viajeros. Llevo dos meses usando estos medios de transporte, pero hoy estaba la novedad de encontrarme otra vez solo. El vehículo siempre va completo hasta la bandera. Suben unos músicos con sus instrumentos, la gente se corre hacia un lado, hace espacio donde no lo hay, un inmenso tambor ocupa por encima de las cabezas dos filas de asientos. Trato de retener los rasgos de los rostros, adivinar los pensamientos de esta gente que sube y baja, admirar en ocasiones la cortesía de los viajeros. Si alguien sube con un bulto el primero que ocupa un asiento le toma el paquete sin decir palabra y se lo pone sobre las piernas. A veces son una escandalera de voces y risas estos vehículos, pero hoy no, hoy hay una apretada, pero serena concurrencia; muchos de ellos viajan con la cabeza inclinada debido a la poca altura del techo; otros mezclan sus carnes con el vecino o la vecina; no hay problema, no hay espacio suficiente para que un culo enorme, una tripa de grandes dimensiones, unas tetas abundantes reciban mejor acomodo. Miro fuera, las carreteras de África siempre están llenas de gente; se camina mucho en este continente; tienen cuellos fuertes y robustos, especialmente las mujeres que exhiben una habilidad especial para caminar y sostener a su vez grandes hatos sobre la cabeza.

Llego a Mutu y me acompaña un viajero hasta donde hay aparcados otros dala dala. Se forma un corrillo de unas diez personas. Soy el primer cliente, lo que quiere decir que puedo pasarme allí media mañana hasta que el vehículo lo complete un número suficiente de pasajeros. Hay nueve kilómetros hasta el parque nacional, así que decido hacerlos andando; pero no he hecho más que unos pasos cuando me llaman, un voluntario me lleva por un módico precio valle arriba, un todoterreno al que se le van cayendo los tornillos por el camino. Está nublado. Estreno día de viaje; todo me entra por los ojos como si no lo hubiera visto nunca; el conductor tiene un aspecto rudo y primitivo, pero es atento, ensaya sus pocas palabras en inglés conmigo. Llegamos a las puertas del parque. La mujer que atiende tras un mostrador y yo no tenemos un idioma común; en algún momento aparece un compañero que derrocha paciencia conmigo, o con mis oídos que no logran acostumbrarse a cierto inglés que se habla en estas latitudes, y me explica: entrada al parque: 35 dólares; no puedo caminar solo, necesito la compañía de un ranger, estamos en uno de esos lugares de las películas en donde hay todo tipo de animales salvajes, se necesita a alguien que en un momento pueda defenderte de las garras de un león o de la estampida de una manada de búfalos: 25 dólares por cuatro horas; transporte hasta la puerta superior del parque, 16 kilómetros: 20 dólares; llaman para reservar una habitación en un hotel, el más barato: 90 dólares; el precio de la comida arriba, con parecidos precios; transporte de vuelta al día siguiente: otros veinte. Saco el boli y echo cuentas del capricho de pasar una noche allá arriba y caminar cuatro horas por Arusha National Park: unos trescientos dólares. Le largo una bonita sonrisa de agradecimiento al empleado que me ha atendido y vuelvo sobre mis pasos. Junto a los paneles de presentación veo la indicación de un camino: diez minutos, pero cuando termino de leer, una observación en letra grande: es necesario ir acompañado por un guía. Uf, demasiado. Sabía que esto de los safaris era una cosa un poco cara, pero... para la próxima vez que quiera ver animales me voy al zoo de la Casa de Campo de Madrid.

El problema es que todo es así en todos los lados, y el viajero, que es un empedernido solitario al que le gusta caminar, pararse, o echar la meadita sin que nadie le esté esperando, pues eso... que no. Y lo peor es que en el monte Kenya, un proyecto que ya hace muchos años le anduvo rondando por la cabeza -aquellos tiempos gloriosos en que soñaba con los Alpes, el Himalaya o algún pico andino- va a haber más de lo mismo. Hay un problema de incompatibilidades: si tienes dinero no tienes tiempo, y viceversa, si tienes tiempo es probable que no tengas demasiado dinero. Lo uno o lo otro; y yo naturalmente prefiero tener tiempo; así que a arroparse un poco con la congruencia de la que hablaba ayer y a obrar en consecuencia.

Sigamos. Me bajo por la carretera a tomar el pulso a los alrededores; tres posibilidades de alojamiento; medio rango dicen aquí: un bungalow, un lugar precioso con vistas a las montañas. Me doy el capricho y me quedo, tampoco está mal darse un capricho de vez en cuando. ¿Y qué más, además de una suite, un porche, una buena comida y una enorme cerveza?: Este rato que pasé después de la cena meditando sobre mi futuro inmediato tras haber dado un repaso exhaustivo a lo que dice la guía sobre el norte de Kenya y Etiopía. Viajes en convoyes en la zona septentrional para minimizar el asalto de los bandidos; desaparición de transportes públicos más arriba; un kilo de vacunas para atravesar el siguiente país, fiebre amarilla, cólera, hepatitis, tifus, malaria... luchas armadas en Gambela, el único lugar de paso, parece, hacia Sudán; un panorama tan sombrío que en poco tiempo decido que mejor tomo un avión en Nairobi y vuelo a El Cairo. Eso me alivia. Mientras tanto me voy a cenar. El negocio es de un italiano, el dueño no está pero los empleados chapurrean el italiano y hacen una comida, italiana, exquisita. Hace fresco; junto a cada mesa hay un brasero; la semioscuridad está alumbrada por una vela, todo muy romántico; en la mesa próxima se sientan dos parejas de Oslo, charlamos, están cansados, bajaron esta mañana de la cima del Kilimanjaro. La cena: crema de zuchino –calabacín-, un rico pescado procedente del lago Victoria y unos bollos que me recuerdan a otros que hacía mi madre en Navidad cuando era niño. Me despido de los noruegos, saco un sofá de mimbre de la habitación y lo instalo en el porche; apago la luz y la noche cae sobre mí como un regalo. Vuelvo a pensar en mi viaje... tres días para seiscientos kilómetros entre la frontera de Kenya y Addis Abeba, y eso si hay suerte y encuentras a un camión que te lleve... vuelvo a darle vueltas a las dificultades: fiebre amarilla, cólera, tifus, hepatitis, permisos sin número... Pero claro, ya me pierdo la famosa curva del Nilo, y los problemas... que son la sal de la vida (porque a ver cómo iba a ser la vida si uno no tuviera un problemita que resolver de vez en cuando...)... y me quedo ya con la intriga para toda la vida, porque seguro que ya no voy a volver a esta parte del mundo... Uf... creo que lo primero que haga pasado mañana cuando me despierte en Nairobi sea ir a la embajada de Etiopía a ver qué me cuentan allí.

Poco más hoy. Se estaba muy bien con la luz apagada oyendo zumbar a los mosquitos entre el ruido que viene del bosque, pero se me ocurrió que hoy no había escrito nada y me dio por ir a buscar el ordenador y empezar a escribir. Salió esto.

Buenas noches.

Congruencia

Arusha (Tanzania), 31 de agosto

Para mi amiga con nombre de guerra,
mi compañera de viaje.

Casi euforia; uno comprueba lo bien que funciona la combinación de la cercanía y la distancia, eso que mi amiga Margarita citaba de Rubenstein: la importancia de las pausas en la música; igual en la vida, los cambios de ritmo, las pausas también; ahora vuelvo a estar en una pausa de nuevo. Ella partió esta mañana, nos despedimos en el aeropuerto de Dar es Salaam. Estaba nerviosa; yo también, apenas hubo palabras entre nosotros; llevábamos varios días despidiéndonos. Volví al hotel en el mismo taxis que nos había llevado allí. Subí a mi habitación y aproveché la media hora que me quedaba haciendo nada sobre la cama. Después sonó el teléfono: todo bien. Al cabo de un rato tendría otro taxi en la puerta del hotel que me llevaría a la estación de autobuses.
Mientras, podía soñar. Notaba cómo un hilo de euforia empezaba a subirme por el cuerpo. ¿Euforia?, ¿de qué? Estaba escuchando la música de mi vida, y la verdad es que sonaba muy bien. Para eso sirven las pausas. Mi compañera de viaje y yo nos llevamos bastante mejor (un decir... algo suficiente para esta columna) que hace veinte años. Ahora tendremos el océano por medio y serán las olas las que lamiendo las arenas de la playa de ambos continentes nos traigan y se lleven las palabras que nos mantendrán unidos y distantes, preparando otro encuentro para dentro de unos meses. Esas manos de Rubinstein suspensas en un silencio, sedosas en un adagio, briosas sobre el blanquinegro del teclado en un alegro vivace, dejando muy suavemente la superficie de marfil, redondeando la pausa en una espera contenida llena de paz. Largos silencios, larga soledad, dilatada compañía, para volver después al silencio, a la inflexión, a la pausa, al ensimismamiento del traqueteo del autobús, ahora camino del parque nacional de Arusha, en la línea divisoria de Tanzania y Kenia, junto al Kilimanjaro.

Me sucedió algunas veces tener que contestar a algunas preguntas inevitables relacionadas con mi estado civil, en un primer encuentro con otras personas, especialmente este último año que dediqué tiempo a conocer a otras mujeres; cuando el interlocutor, la interlocutora me oía, casi siempre terminaba mirándome durante cinco minutos con cara de no entender absolutamente nada, porque alguno de los datos no casan entre sí, cuando yo, casado, no tenía problemas para hacer un proyecto con otra persona que no estuviera ceñido al ámbito de mi casa. De la misma manera que no se puede concebir a una muchacha musulmana con chador negro por la mañana e imaginarla momentos después con una blusa de amplio escote y tejanos ajustados, a mí tampoco me entendían. Nuestro cerebro ha sido preparado a lo largo del tiempo para percibir las distintas realidades con un cierto grado de eso que llamamos congruencia, de manera que si aterrizamos en una ciudad musulmana nos parecerá congruente lo que en otra zona del mundo no lo es. No sería congruente con el ambiente de la Gran Vía madrileña encontrar que las mujeres llevaran todo el cuerpo cubierto por un manto negro por donde sólo asomaran ojos escrutadores que se movieran como marcianos en nuestra ciudad.

En los portales de encuentro de Internet, los casados son como extraterrestres, peor todavía, como seres de los que hay que salir corriendo no vaya a ser que te peguen alguna enfermedad incurable. Muy propio, muy propio de la pazguata e hipocrita educación en la que nos movemos y muy propio de montones de prejuicios y tabúes que la mayoría, creo, desearían tirar por la borda pero que aguantan acaso sustituyendo las ganas y el deseo con sucedáneos de consistencia variada. Como si un casado estuviera destinado a convertirse en una piedra en la flor de la vida (J) y tuviera que tirar la riqueza de su experiencia y sus anhelos por la ventana. A ver si va a tener razón mi amigo Ignacio cuando decía más de tres décadas atrás, en los buenos tiempos de la montaña, aquello de: te casaste, la cagaste; una expresión que usaba entonces para todos los amigos que eran visitados por Cupido. ¿Quién dice que un hombre casado, una mujer, no puede volver a enamorarse allende los límites de la casa familiar? Probemos, ya veremos cómo se renueva la sangre en poco tiempo; ahora, eso sí, sin malos rollos, todo clarito. ¿Tienes problemas?: búscate un amante, aconseja Bucay muy sabiamente. Algo bastante congruente, los problemas se resuelve fácilmente cuando los neurotransmisores encargados de estas cosas empiezan a ponerse en movimiento.

Las congruencias terminan agrietándose con el tiempo y es muy probable que llegue un momento en que no se sostengan por su propio peso. Será el instante de ir conformando otra nueva que integre aspectos de la vida que no caben ya en los viejos moldes. Y es obvio que no puede haber una congruencia universal como sería el caso de tener en cuenta las propuestas de todo tipo; sino que ésta, en concordancia con nuestra capacidad de pensar y obrar deben ser el reflejo de nuestro modo de ver la realidad; la de cada uno. Todo lo contrario de lo que sucede frecuentemente en el mundo. Como ando de viaje por países musulmanes, nada mejor que sacar a colación a Jomeini, que escribió un libro cuyo título más o menos es: Solución a 2000 problemas de la vida diaria, en donde se contempla desde el modo en que hay que arreglarse la barba (nunca con cuchilla, no le gustaba a este hombre un filo tan agudo junto al cuello), hasta el modo de hacer o dejar de hacer los más mínimos actos de la vida cotidiana, incluido el modo en que un hombre debía mirar a una mujer. A Jomeini le plantearon un día un problema peculiar: ¿se podía o no se podía jugar al ajedrez? Le debió de pillar la cuestión un poco despistado, porque tardó varios días en contestar; al final decidió que sí, que se podía jugar. Lo que decía Jomeni iba a misa. También la Iglesia Católica en nuestras latitudes hizo cosas similares, producto de las cuales es la paradoja de que estemos convencidos de la necesidad de tener ciertas cotas de libertad, sexual o de relación, por ejemplo, pero encontrarnos por otro lado atados por los condicionantes y tabúes que los años y la presión social incrustaron en nosotros. Son ejemplos que llaman la atención sobre el modo en que algunas congruencias notorias toman cuerpo.

Si alguien se extraña de que un hombre casado, una mujer casada, pueda vivir como si no lo estuviera, sin que ello tenga que afectar negativamente a la esencia de la relación de la pareja, es bastante probable que ello sea debido a que tiene como referencia un esquema de comportamiento que recibió en herencia.

Hacía tiempo que no se estropeaba un autobús. Pausa en la escritura. Desalojo. Me bajo a deambular por los alrededores; dos jóvenes se empeñan en venderme tres plátanos. ¿Cuánto?, les pregunto. Tres mil chelines, dos euros, cuando el precio real puede estar en torno a los veinte céntimos. Esto también es congruencia. Ven un turista y ya piensan que están frente a la mina del rey Salomón, que van a hacer su agosto con tres plátanos. Espera a la sombra de un árbol. It’s coming (el autobús de repuesto). Una expresión bastante conocida a estas alturas por el viajero. La última vez el it’s coming se convirtió primero, en una hora, en que apareció un toyota, en cuya caja trasera nos metieron a todos los viajeros como si fuéramos ganado, y en otro it’s coming de dos horas más, cuando a ésta se le acabó la fuerza; lo que vino entonces fue otro minibús hasta los topes; pero todavía lograron meternos a base de empujones. En África el estar viniendo de un autobús puede estirarse hasta llegar a un día entero. De momento hace una brisa agradable y tampoco tengo prisa; en casa ya se han acostumbrado y me toleran que no vuelva hasta Navidades. Un tiempo improrrogable ya que si me quedo más mi hija Lucía es capaz de desahuciarme y buscarse otro padre (por cierto, Gorda, no te enfades, que no hace falta que me leas –demasiado peñazo tragarse todo esto, en cualquier caso-, esto es sólo una diversión privada; y, además, que me gusta meterme contigo, ya lo sabes; y no sólo contigo...). Además, voy bien pertrechado: libros, boli, ordenador, algo de música que me ha dejado mi compañera de viaje y un poco de dinero; así que a seguir disfrutando de la sombra y de la brisa. Una cosa que con toda seguridad voy a sacar de mi viaje por África es el aprender a ser paciente, una virtud cardinal de notable importancia, tanto para aguantarse a uno mismo como para campear los temporales que nos vienen de fuera.
¿Qué es lo que hace que algo, hechos, costumbres, actos, pasados los años, podamos denominarlos congruentes entre sí? La religión de los fundamentalistas musulmanes parece consistir exclusivamente en que las mujeres lleven velo, en rezar cinco veces al día, en tener pobladas barbas, no beber alcohol y algún detalle más. En eso consiste su espiritualidad. Ellos han fabricado una muy anómala congruencia que tiende a repetir esquemas de conducta y hábitos de la baja Edad Media; quieren dar la espalda a un milenio y medio de civilización e historia. Esa es su congruencia.
Como lo que nos distingue del resto de los habitantes del planeta es nuestra capacidad para crear nuevos instrumentos y formas de vida, nuestra capacidad para interrogarnos sobre la herencia recibida, debería ser una herramienta básica; valorar en su significado y fundamentación muchas de nuestras congruencias más corrientes para cribarlas, a fin de que no nos suceda, deshabituados por la falta del ejercicio crítico, que algún día el estado o las instituciones eclesiales les dé por retroceder, como les sucede a los integristas, tanto islámicos como norteamericanos, unos cuantos siglos en nuestro estado de civilización.

Si hay una medida de verdad que funcione relativamente bien, ésta, sin lugar a dudas, debe de pasar por la prueba de ser capaz de comunicar cierta euforia a aquellos que experimentan una situación cuyo grado de ajuste o verdad se quiere medir. Y hoy la euforia era alta, era la satisfacción de sentir estos dos meses de viaje a nuestras espaldas como un hito más de eso que mi amiga con nombre de flor gusta llamar crecimiento personal; seguir descubriendo con un pie casi ya en los sesenta que uno puede seguir poniéndose el mundo por montera y a su vez poder profundizar en las relaciones personales, en el afecto, en tantas cosas... le deja hoy, ya al final del día, en Arusha, aunque con el estómago vacío, en muy buena disposición para seguir rodando por el mundo pero teniendo muy presente que en definitiva el tesoro más preciado que tenemos sigue siendo las personas que queremos.