Congruencia

Arusha (Tanzania), 31 de agosto

Para mi amiga con nombre de guerra,
mi compañera de viaje.

Casi euforia; uno comprueba lo bien que funciona la combinación de la cercanía y la distancia, eso que mi amiga Margarita citaba de Rubenstein: la importancia de las pausas en la música; igual en la vida, los cambios de ritmo, las pausas también; ahora vuelvo a estar en una pausa de nuevo. Ella partió esta mañana, nos despedimos en el aeropuerto de Dar es Salaam. Estaba nerviosa; yo también, apenas hubo palabras entre nosotros; llevábamos varios días despidiéndonos. Volví al hotel en el mismo taxis que nos había llevado allí. Subí a mi habitación y aproveché la media hora que me quedaba haciendo nada sobre la cama. Después sonó el teléfono: todo bien. Al cabo de un rato tendría otro taxi en la puerta del hotel que me llevaría a la estación de autobuses.
Mientras, podía soñar. Notaba cómo un hilo de euforia empezaba a subirme por el cuerpo. ¿Euforia?, ¿de qué? Estaba escuchando la música de mi vida, y la verdad es que sonaba muy bien. Para eso sirven las pausas. Mi compañera de viaje y yo nos llevamos bastante mejor (un decir... algo suficiente para esta columna) que hace veinte años. Ahora tendremos el océano por medio y serán las olas las que lamiendo las arenas de la playa de ambos continentes nos traigan y se lleven las palabras que nos mantendrán unidos y distantes, preparando otro encuentro para dentro de unos meses. Esas manos de Rubinstein suspensas en un silencio, sedosas en un adagio, briosas sobre el blanquinegro del teclado en un alegro vivace, dejando muy suavemente la superficie de marfil, redondeando la pausa en una espera contenida llena de paz. Largos silencios, larga soledad, dilatada compañía, para volver después al silencio, a la inflexión, a la pausa, al ensimismamiento del traqueteo del autobús, ahora camino del parque nacional de Arusha, en la línea divisoria de Tanzania y Kenia, junto al Kilimanjaro.

Me sucedió algunas veces tener que contestar a algunas preguntas inevitables relacionadas con mi estado civil, en un primer encuentro con otras personas, especialmente este último año que dediqué tiempo a conocer a otras mujeres; cuando el interlocutor, la interlocutora me oía, casi siempre terminaba mirándome durante cinco minutos con cara de no entender absolutamente nada, porque alguno de los datos no casan entre sí, cuando yo, casado, no tenía problemas para hacer un proyecto con otra persona que no estuviera ceñido al ámbito de mi casa. De la misma manera que no se puede concebir a una muchacha musulmana con chador negro por la mañana e imaginarla momentos después con una blusa de amplio escote y tejanos ajustados, a mí tampoco me entendían. Nuestro cerebro ha sido preparado a lo largo del tiempo para percibir las distintas realidades con un cierto grado de eso que llamamos congruencia, de manera que si aterrizamos en una ciudad musulmana nos parecerá congruente lo que en otra zona del mundo no lo es. No sería congruente con el ambiente de la Gran Vía madrileña encontrar que las mujeres llevaran todo el cuerpo cubierto por un manto negro por donde sólo asomaran ojos escrutadores que se movieran como marcianos en nuestra ciudad.

En los portales de encuentro de Internet, los casados son como extraterrestres, peor todavía, como seres de los que hay que salir corriendo no vaya a ser que te peguen alguna enfermedad incurable. Muy propio, muy propio de la pazguata e hipocrita educación en la que nos movemos y muy propio de montones de prejuicios y tabúes que la mayoría, creo, desearían tirar por la borda pero que aguantan acaso sustituyendo las ganas y el deseo con sucedáneos de consistencia variada. Como si un casado estuviera destinado a convertirse en una piedra en la flor de la vida (J) y tuviera que tirar la riqueza de su experiencia y sus anhelos por la ventana. A ver si va a tener razón mi amigo Ignacio cuando decía más de tres décadas atrás, en los buenos tiempos de la montaña, aquello de: te casaste, la cagaste; una expresión que usaba entonces para todos los amigos que eran visitados por Cupido. ¿Quién dice que un hombre casado, una mujer, no puede volver a enamorarse allende los límites de la casa familiar? Probemos, ya veremos cómo se renueva la sangre en poco tiempo; ahora, eso sí, sin malos rollos, todo clarito. ¿Tienes problemas?: búscate un amante, aconseja Bucay muy sabiamente. Algo bastante congruente, los problemas se resuelve fácilmente cuando los neurotransmisores encargados de estas cosas empiezan a ponerse en movimiento.

Las congruencias terminan agrietándose con el tiempo y es muy probable que llegue un momento en que no se sostengan por su propio peso. Será el instante de ir conformando otra nueva que integre aspectos de la vida que no caben ya en los viejos moldes. Y es obvio que no puede haber una congruencia universal como sería el caso de tener en cuenta las propuestas de todo tipo; sino que ésta, en concordancia con nuestra capacidad de pensar y obrar deben ser el reflejo de nuestro modo de ver la realidad; la de cada uno. Todo lo contrario de lo que sucede frecuentemente en el mundo. Como ando de viaje por países musulmanes, nada mejor que sacar a colación a Jomeini, que escribió un libro cuyo título más o menos es: Solución a 2000 problemas de la vida diaria, en donde se contempla desde el modo en que hay que arreglarse la barba (nunca con cuchilla, no le gustaba a este hombre un filo tan agudo junto al cuello), hasta el modo de hacer o dejar de hacer los más mínimos actos de la vida cotidiana, incluido el modo en que un hombre debía mirar a una mujer. A Jomeini le plantearon un día un problema peculiar: ¿se podía o no se podía jugar al ajedrez? Le debió de pillar la cuestión un poco despistado, porque tardó varios días en contestar; al final decidió que sí, que se podía jugar. Lo que decía Jomeni iba a misa. También la Iglesia Católica en nuestras latitudes hizo cosas similares, producto de las cuales es la paradoja de que estemos convencidos de la necesidad de tener ciertas cotas de libertad, sexual o de relación, por ejemplo, pero encontrarnos por otro lado atados por los condicionantes y tabúes que los años y la presión social incrustaron en nosotros. Son ejemplos que llaman la atención sobre el modo en que algunas congruencias notorias toman cuerpo.

Si alguien se extraña de que un hombre casado, una mujer casada, pueda vivir como si no lo estuviera, sin que ello tenga que afectar negativamente a la esencia de la relación de la pareja, es bastante probable que ello sea debido a que tiene como referencia un esquema de comportamiento que recibió en herencia.

Hacía tiempo que no se estropeaba un autobús. Pausa en la escritura. Desalojo. Me bajo a deambular por los alrededores; dos jóvenes se empeñan en venderme tres plátanos. ¿Cuánto?, les pregunto. Tres mil chelines, dos euros, cuando el precio real puede estar en torno a los veinte céntimos. Esto también es congruencia. Ven un turista y ya piensan que están frente a la mina del rey Salomón, que van a hacer su agosto con tres plátanos. Espera a la sombra de un árbol. It’s coming (el autobús de repuesto). Una expresión bastante conocida a estas alturas por el viajero. La última vez el it’s coming se convirtió primero, en una hora, en que apareció un toyota, en cuya caja trasera nos metieron a todos los viajeros como si fuéramos ganado, y en otro it’s coming de dos horas más, cuando a ésta se le acabó la fuerza; lo que vino entonces fue otro minibús hasta los topes; pero todavía lograron meternos a base de empujones. En África el estar viniendo de un autobús puede estirarse hasta llegar a un día entero. De momento hace una brisa agradable y tampoco tengo prisa; en casa ya se han acostumbrado y me toleran que no vuelva hasta Navidades. Un tiempo improrrogable ya que si me quedo más mi hija Lucía es capaz de desahuciarme y buscarse otro padre (por cierto, Gorda, no te enfades, que no hace falta que me leas –demasiado peñazo tragarse todo esto, en cualquier caso-, esto es sólo una diversión privada; y, además, que me gusta meterme contigo, ya lo sabes; y no sólo contigo...). Además, voy bien pertrechado: libros, boli, ordenador, algo de música que me ha dejado mi compañera de viaje y un poco de dinero; así que a seguir disfrutando de la sombra y de la brisa. Una cosa que con toda seguridad voy a sacar de mi viaje por África es el aprender a ser paciente, una virtud cardinal de notable importancia, tanto para aguantarse a uno mismo como para campear los temporales que nos vienen de fuera.
¿Qué es lo que hace que algo, hechos, costumbres, actos, pasados los años, podamos denominarlos congruentes entre sí? La religión de los fundamentalistas musulmanes parece consistir exclusivamente en que las mujeres lleven velo, en rezar cinco veces al día, en tener pobladas barbas, no beber alcohol y algún detalle más. En eso consiste su espiritualidad. Ellos han fabricado una muy anómala congruencia que tiende a repetir esquemas de conducta y hábitos de la baja Edad Media; quieren dar la espalda a un milenio y medio de civilización e historia. Esa es su congruencia.
Como lo que nos distingue del resto de los habitantes del planeta es nuestra capacidad para crear nuevos instrumentos y formas de vida, nuestra capacidad para interrogarnos sobre la herencia recibida, debería ser una herramienta básica; valorar en su significado y fundamentación muchas de nuestras congruencias más corrientes para cribarlas, a fin de que no nos suceda, deshabituados por la falta del ejercicio crítico, que algún día el estado o las instituciones eclesiales les dé por retroceder, como les sucede a los integristas, tanto islámicos como norteamericanos, unos cuantos siglos en nuestro estado de civilización.

Si hay una medida de verdad que funcione relativamente bien, ésta, sin lugar a dudas, debe de pasar por la prueba de ser capaz de comunicar cierta euforia a aquellos que experimentan una situación cuyo grado de ajuste o verdad se quiere medir. Y hoy la euforia era alta, era la satisfacción de sentir estos dos meses de viaje a nuestras espaldas como un hito más de eso que mi amiga con nombre de flor gusta llamar crecimiento personal; seguir descubriendo con un pie casi ya en los sesenta que uno puede seguir poniéndose el mundo por montera y a su vez poder profundizar en las relaciones personales, en el afecto, en tantas cosas... le deja hoy, ya al final del día, en Arusha, aunque con el estómago vacío, en muy buena disposición para seguir rodando por el mundo pero teniendo muy presente que en definitiva el tesoro más preciado que tenemos sigue siendo las personas que queremos.

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