Religiones primitivas

Victoria Falls, Zimbabwe, 29 de julio


Mañana emplearemos todo el día en recorrer el escenario de las cataratas Victoria en el río Zambeze; uno de los principales espectáculos de la naturaleza en este continente. Una amiga sin lugar a dudas habría calificado el espectáculo de divino, un adjetivo con el que bromeábamos amigablemente a menudo porque ella, siguiendo los usos de alguna parte de América Latina, usaba con frecuencia para todo aquello que merecía la pena ver o experimentar. Hoy me acordé de ella, y no sé cuales fueron los caminos de mi reflexión, pero el caso es que de lo divino pasé a la divinidad, y de ahí a algunas consideraciones que intentaban ver cuál es el camino que lleva a un creyente a prescindir de la divinidad y conformarse a continuación con ser un simple ser vivo que a no más tardar terminará por dejar de existir en unos pocos años. La divinidad, y con ello lo divino, refugio de penas e infortunios, regazo materno y otorgadora de una dicha eterna –o fuego, igualmente eterno (así de bondadoso y comprensivo es el dios cristiano)-, cediendo el paso al individuo de carne y hueso, humilde y sencillo que sólo cree que algún día la tierra benevolente le acogerá entre sus brazos sin necesidad de que haya nadie que vaya a despertarlo.


Hay creencias que se nos imponen como certezas de manera tal desde la infancia que es necesario a posteriori buscarle la razón de esa seguridad sobre la que se asientan si, pasado el tiempo y habiendo abandonado nuestra fe, queremos dejar a nuestra curiosidad tranquila comprendiendo alguna de las razones de su persistencia en nosotros; qué sucede en ese camino que va desde la creencia asumida y responsable a la negación de la misma. La idea de Dios en nuestras latitudes, por ejemplo; y en África la concepción distinta de la frontera entre los vivos y los muertos, también un ejemplo, tan distinta de cómo se concibe en Occidente; en África todos habitan en el mismo mundo, lo que significa que la presencia y el poder de los que se han ido ocupa un lugar preeminente en sus creencias, de ahí el culto a los ancestros. Dos realidades que el tiempo y la formación humana y cultural de las personas harán retroceder continuamente hasta convertir a aquellos que siguen las prácticas religiosas en paradigma de un primitivismo que no ha tenido todavía tiempo o formación suficiente para acercarse a una realidad humana en donde no son necesarios los dioses.


Desde nuestra perspectiva occidentalcentrista no es difícil que al referirnos a las creencias religiosas africanas, experimentemos una cierta sensación de superioridad, algo así como si nuestros dioses tuvieran mayor solidez que los de los “pobres” africanos tan cargados de tabúes, supersticiones y culto a los muertos. Pero en definitiva no hay muchas diferencias entre lo que a la muerte o la vida de ultratumba se refiere entre unas religiones y otras; todas tienen por igual algo de primitivismo en sus entrañas, y ello pese a que tengamos cierta disposición a otorgar mayor grado de aceptación a los dioses que vienen respaldados por tradiciones de culturas más desarrolladas. Así nos resulta más difícil refutar la existencia del dios cristiano, de Alá, o las reencarnaciones del hinduismo, que aquellas otras religiones animistas del continente africano. Sin embargo el término primitivismo aplicado a una religión parece que igualmente se lo podríamos asignar al cristianismo, que al hinduismo o al mahometismo, si desde una postura de secularización entendemos este concepto como irracional o proveniente de la necesidad del hombre de aligerar dentro de su cerebro el abismo de la muerte, de la nada; primitivismo, porque el hombre no resignándose a la muerte, no aceptando el ciclo natural de la vida, inventa dioses que traigan agua con que regar los campos, curar enfermedades o remediar lo irremediable. Es decir, la renuncia a aceptar la realidad lleva al hombre a reinventar otra nueva realidad que sea más aceptable, más acorde con sus deseos. De manera que las religiones, negando la realidad, intentan el consuelo más allá de la misma en la otra vida. Algo que no sería difícil definir como primitivismo en cuanto a que los medios de que se valen y las creencias que sustentan no difieren en su esencia de las ancestrales creencias religiosas de África.


La persistencia en ese primitivismo, entendido como sistema de valores obsoletos común a la concepción de la realidad de todas las religiones, en algún momento se rompe; y en nuestra época se rompe con mucha más frecuencia que en otras. Es esa ruptura por la que me interesaba en estas líneas. Pretendía encontrar trazas del camino que recorre el individuo desde aquellos momentos en que asume la idea de la divinidad como algo tan real como él mismo, hasta llegar al otro extremo, un lugar en que los dioses no son más que la creación compensatoria e imaginativa del hombre para sustraerse a sus miedos y dar cabida a sus expectativas y deseos. En mi caso, ocho años de infancia en los Salesianos en la época franquista pudo suficiente para hacer creer a mí y a todos los infantes que pasaron por sus aulas, todo aquello que estuvieran en disposición de hacer creer aquellos frailes. Si hubiera nacido en Bombay igual estaba ahora haciendo ofrendas florales a la diosa Kali o a Siva; y si hubiera sido en Teherán y fuera chica, no solamente llevaría sadhor, o estaría dividida entre llevar o no llevar velo, sino que creería en todas las bondades de Alá e incluso podría ser un integrista. Estas cosas no parecen aprenderse de muy distinta manera a como se comienza a hablar, se habla la lengua de casa, no la de Bombay ni la de los países islámicos.


¿Qué sucede para que las cosas cambien tan diametralmente en algún momento de la vida? En mi experiencia personal fue el lento descubrimiento, año tras año, de la hipocresía de la Iglesia Católica lo que me indujo a buscar otras explicaciones al sentido de la vida (no sólo sus prelados y adeptos, la Iglesia como tal, como institución sustentadora de privilegios, superstición, poder, etc.); y más tarde el contacto con los descubrimientos científicos, el ir encontrando cómo la capacidad camaleónica de la Iglesia podía cambiar la interpretación del Génesis de un día para otro sin más, el aprender que la lógica de la existencia -nacer, reproducirse y morir- si nos apeamos del burro de nuestra poca humildad, de nuestras obsesiones de pervivencia, es mucho más explicable y sencilla que la otra lógica, sea la de Alá o la del jeroglífico ese de la Santísima Trinidad (cuando a los padres de la Iglesia no les salían las cuentas eran capaces de hacer cuadrados con los círculos, no sólo ese tres en uno en donde una paloma ocupaba la cúpula, sino que podían poner en pie la figura de un convidado de piedra, como ese san José que cuidaba el fruto del dios padre en el vientre de su esposa no visitada por varón).


Lo que se nos ha impuesto gota a gota durante tantos años desde la temprana infancia necesita también de mucho trabajo y tiempo para llevar la conciencia y nuestra concepción del mundo al lugar que le correspondía. ¿Qué lugar es ese? Creo que el que puede alcanzar una persona normal que lee, piensa y tiene capacidad para discernir por sí misma en el batiburrillo de la vida. Desde luego entra en el programa la posibilidad de equivocarse y estar poniendo velas en el altar de alguna otra creencia. Es posible, ¿por qué no? Sin embargo, y volviendo al principio, aunque a uno le faltara la razón, lo que no le iban a quitar de cualquier manera sería la satisfacción de ir encontrando lentamente el camino de la individualidad por encima de la demoledora presión del grupo y del entorno que actúan sobre el individuo como una apisonadora, reduciendo a éste a un mero acumulador de normativas, creencias y dioses cuya única finalidad parece ser convertirnos en pacientes feligreses.


Así que el hecho de que a muchos se nos imponga como evidencia la no existencia de Dios, puede tener su razón de ser tanto en el hecho de que hayamos crecido lo suficiente como para no necesitar las bendiciones de la Iglesia, como en el de haber vivido una larga experiencia que hizo posible que nos acercáramos a percibir la vida en esa peculiar manera en la que los dioses no son necesarios en absoluto.


Las cataratas nos esperan mañana temprano, la generosidad y el esplendor de la naturaleza es tal que es inútil buscar dioses y altares en los que hacer nuestras plegarias, cuando bosques, montañas, desiertos, mares y ríos pueden servirnos para parecidos propósitos que las divinidades. Al fin de cuentas de ella salimos y a ella regresamos al final de nuestra vida; la Naturaleza, con mayúscula, como gusta escribirlo ella.

Mi portátil

Windhoek (Namibia) – Linvington (Zambia), madrugada del 28 de julio

Nueva noche de viaje, esta vez desde el desierto de Namib siguiendo el extremo occicental del Kalahari, camino de Zambia y de las catarartas Victoria en el río Zambeze. Recuerdo otras noches de autobús, hoy una camino de Rurrenabaque en la selva boliviana, junto al río Beni. El bus había trotado todo el día en medio de un inmenso calor –algún cocodrilo o caimán dormía en el arcen de la pista de tierra- y atravesado un par de ríos en unas rudimentarias plataformas que hacían de ferries, y al final se había hecho de noche. Tuve necesidad de encender el portátil, un trasto que se acercaba a los tres kilos y que nos había acompañado mientras atravesábamos los Andes a pie, o en las tierras heladas de los alrededores de Ushuai en Tierra del Fuego; incluso estuvo allí, en los altos del Parinacota, al norte del desierto de Atacama, a casi cinco mil metros de altitud y a una temperatura que bruscamente con la caída del sol había pasado de la calidez del atardccer fotografiando los flamencos de la laguna a una inesperada temperatura de congelación que hizo cristalizar el líquido de las lentillas y congelarse la leche. Allí, cuando me hube metido en el saco de dormir también tuve necesidad de levantar la tapa del Compaq para teclear alguna cosa, pese al frío. No puedo dejar a mi memoria una idea porque a la mañana, cuando quiero volver a atraparla ésta ha volado. Así que allí dejé aquella noche unos pocos versos tecleados con las manos enfundadas en los guantes. Era uno de los paiseajes más bellos del mundo. Menos entonces aunque la luna bañaba las laderas de los seis mil metros largos del volcán, el espléndido Parinacota, un rato después en que cientos de aves sobrevolaran la laguna en donde se reflejaba entero el señor de todo aquello, una enorme ladera de hielo y nieve que servía de frontera a Bolivia y a Chile; sobrevolaran y el cielo se llenara del esplendor dorado de la tarde que iba a caer repentinamente para convertir todo en un páramo helado.


Hace escasamente una semana también hubo viaje de noche. Y la noche siempre tiene la posibilidad de ser noche fértil. Un trozo de cosa diferente, incluso extraordinaria, que se interpone en la cotidianidad y a la que hay que hacer caso si logras zafarte del sueño o de los pensamientos alargados y pìsciformes, escurridizos y divangantes, que también gustan de acaparar las largas horas de los viajes. Aquella noche, influido por la constancia con que mi cuerpo busca razones de las cosas de la vida, de esas que se nos agarran por dentro pidiendo explicación, comencé unas líneas que titulaba Las fuentes del dolor. Hubiera preferido escribir algunos versos, pero no hubo suerte; hace ya mucho tiempo que los versos no me visitan por más que enciendo velas y me encomiendo a santos y patrones; me han abandonado. Mi musa, morruda y despechada, incapaz de arrinconar sus celos, parece haber perdido la capacidad para convocarlos.


Sucede a veces que uno es un hervidero de emociones que piden un medio de expresión, la posibilidad de pintar un cuadro con ellas, componer versos, conversar en prosa con algún interlocutor que uno no sabe siquiera que existe, y entonces este aparato, siempre tan suave al tacto, a falta de pinceles, se me ofrece como objeto de placer –placer es el que proporciona el contacto suave y leve de sus teclas- con que darles forma y especular sobre sus fuentes –las de la emoción- y también con alguna frecuencia sobre el compañero de viaje que le acompaña, parece que ineludiblemente, el dolor. Pero no sólo se alimenta mi portátil de estas cosas, aunque en el fondo sabe que todo aquello que suscita una emoción está llamado a convertirse en la razón de ser de una vida. Por ejemplo, estos días mis hijos, ellos y sus parejas, son fuente de emoción; los siento cerca, comunicativos, activos, vivos –sí, los hijos son fuente de emoción y de dolor muchas veces. Todos a cuantos queremos necesariamente nos emocionan y nos hace sufrir. Ya cité a este respecto en este medio a Unamuno, que ya muy mayor decía que cuando a su mujer le dolía una pierna, le dolía a él con tanta intensidad o más que a ella.

Mi portátil me acompaña pues esta noche, aunque hoy hay otros acompañantes; desagradables acompañantes por cierto. Es pasada la media noche; el pasaje está prácticamente dormido en su totalidad, pero la televisión desgrana las secuencias ruidosas de su tercera película. Mucho me temo que lleguen incluso a seguir con películas toda la noche. Terrible realidad de la que tiene que dejar constancia también mi ordenador. La idiotización generalizada en el mundo entero por este aparato de fabricar ruidos, gritos, disparos, prepotencia. Ya me quejé en otra ocasión de este horror que son las televisiones en los autobuses de todos los continentes. Recuerdo no hace mucho, en Indonesia, un concurrido mercado callejero donde era difícil hacerse atender por los dueños del negocio, cinco o seis personas, porque todos, de espaldas a los posibles clientes, seguían en aquel momento la telenovela de ocasión. La televisión ha invadido la totalidad de los momentos de la vida hasta lograr privarnos de placeres tan apreciados como el silencio, la contemplación del paisaje, el tránsito de los pensamientos mezclado con los colores del campo o con la oscuridad de la noche. En el último hotel, en el que pasamos una semana, hubimos de refugiarnos de continuo en la habitación para huir de la invasión televisiva. El salón común, poco más tarde de las diez de la mañana ya se veía monopolizado por los viajeros telemiradores del omnipresente aparato.


De lo de Rurrenabaque hace más de diez años. Probablemente ni siquiera allí en medio de la selva se habrán salvado de esta plaga. La realidad del televisor terminará eclipsando cualquiera otra realidad posible. Existen hoteles que son visitados por gente joven occidental en los que he podido observar un nutridísimo número de viajeros que apenas se despegan del televisor durante todo el día. Las salas comunes donde antes de conversaba son ahora lugares llenos por los consabidos ruidos que larga la teletonta; los autobuses, que son un modo de mirar el mundo y recrearse en la ociosidad de pensar, recordar o proyectar, terminan convirtiéndose en lo mismo. Quizás consista en esto el progreso.

A mi portátil está a punto de acabársele las pilas, tengo que ir terminando. Mi tapones de cera no sirven de nada. Paciencia. Quizás antes de dormirme pueda tener un poco de tranquilidad para pensar apaciblemente en vosotros, en todos los que suscitais mis emociones... y mi dolor. Buenas noches. Un beso.

Violencia

Swacopmund, Namibia, 24 de julio

“¿Por qué habrían de desmantelar las élites políticas africanas un sistema político que les resulta tan útil y provechoso?” ¿Por qué los colonizadores habrán de abandonar las tierras que son fuente de enormes beneficios? ¿Por qué el poder cede en algún momento una parcela de ese poder o el poder entero? ¿Se convierten acaso de la noche a la mañana en almas de la caridad? No hay otra explicación para estos cambios que la aparición de otra fuerza de signo contrario capaz de echarle un pulso o derrocarla. África, la África profunda, no parece tener medios, ni ahora ni en el futuro para salir de ese círculo maldito de la violencia.
Una ley universal: la supervivencia del más fuerte. En las entrañas de esta dialéctica de la violencia es donde siente hoy que habita el viajero. Desde hace ya tiempo ve la violencia allá donde mire. Violencia en pie de guerra: una historia de un ciclista sueco que le contó Leo el otro día, un madrileño que lleva un año recorriendo África en moto; pedaleaba el sueco por una pista de tierra, en Tanzania, atravesando el contienente de norte a sur, cuando dos individuos le salieron al paso con un machete; el machete cayó en pleno rostro abriéndole los labios y las mandíbulas por la mitad (salvó la vida y la cara. Un año después volvía desde Stocolmo al camino abandonado). Violencia de color: recursos económicos y preparación técnica contra la pobreza y la ignorancia de los de piel oscura. La violencia de la energía atómica contra el Paleolítico; ayer recorría las instalaciones del museo local, en una de cuyas salas se describía el proceso de depuración del uranio, las medidas de seguridad, el modo en cómo la mina será clausurada en su día; todo lo necesario para que la población local no se alarme: todo está controlado. Eficiencia alemana. Los alemanes exterminaron dos tercios de la población del pueblo herero, unas doscientas mil personas; Namibia tenía entonces una población en torno al millón de habitantes. El colega Bismarck y el colega Leopoldo, rey de los belgas, se apropiaron una buena parte del pastel africano, los alemanes necesitaban nuevas tierras para sus agricultores. Planea el viajero atravesar Etiopía y Sudán, camino del Mediterreno; Sebastian, un ciclista alemán que desciende el contienente también en bicicleta, desde El Cairo, le pone al tanto de donde puede sacar el visado para Sudan, en Dar es Salaam, le dice, pero le mira excéptico, no es difícil ser apedreado en aquel ancho país. Otra violencia: cuando los países subsaharianos adquirieron la independencia, las naciones del oeste disponían de varios millares de licenciados, en Tanzania había doce y Zaire no tenía siquiera uno. Más violencia: frente a nuestros veinticuatro o veintisiete mil dólares de renta per cápita, la renta de Etiopía, Tanzania, Zaire y Mozambique, que apenas sobrepasa los doscientos o trescientos dólares. El sida se habrá llevado en unos años veinte milllones de africanos a la tumba... historias sin cuento: violencia. Occidente tendrá que construir una alta valla de espinos alrededor de la mayoría del continente, que se cuezan y pudran en su propia salsa con sus Amines, Mobutus, Macías, con todos los señores de la guerra y sus conflictos tribales; una valla bien alta para que no nos manchen el felpudo del hemisferio norte. ¿Será violencia también ese dato que nos muestran las estadísticas, el hecho de que la población de África se duplique cada veinte años?
Se está calentito aquí en Swakopmund, junto al mar de invierno, una antigua ciudad alemana donde se concentra el turismo “de aventura”, gente adinerada de todo el mundo, autobuses a todo terreno repletos con jovencitos allende las fronteras, con aspecto de hijos de papá y mamá. No hay que dramatizar, en Namibia se vive bien. Windhoek, la capital, no se diferencia mucho de cualquier pequeña ciudad alemana o francesa. Sudáfrica y Namibia son una excepción en el continente, pero se siente sin embargo la tragedia tras el bienestar del hombre blanco. Aquí las calles ya no son streets sino strasse, el alemán ha pasado a ser la lengua de la calle, mujeres de aspecto culto y eficiente están al cargo de los negocios. Quizás aquí la violencia tenga oportunidad de amortiguarse lo suficiente en las próximas décadas, un tiempo en que las papeleras y los cubos de la basura no sean visitados por gente de color. Eduardo Galiano recogía la observación de un economista boliviano que decía que con la plata que sacaron los españoles de Potosí podría haberse hecho un puente que cruzara el Atlántico. Aquí hay uranio y diamantes, una buena razón también para atravesar el Atlántico, en esta ocasión de norte a sur.
Al viajero le produce una cierta inquietud hoy el ser él también parte beneficiada de esa violencia generalizada del continente, un regalo excesivamente descarado, por ejemplo, el poder andar por el mundo con la sola ayuda de un trozo de plástico que sirve para tener acceso a todo aquello que puede satisfacer sus necesidades. Algo tan corriente, por otra parte, que no tenía por qué llamarle la atención, pero que sí se la llama después de que ayer pasara junto a unos pescadores en la playa que repartían su tiempo entre la pesca y la búsqueda de algo aprovechable en todas las papeleras de los alrededores. Parte beneficiada porque no deja de ser violento, que como consecuencia de un bienestar en Occidente, en parte sustentado durante siglos sobre la explotación de continentes colonizados, él pueda visitar un país donde muchos de sus habitantes necesitan acercarse a los basureros para subsistir.
El libro que leo, África camina, de dos investigadores especializados en temas africanos, uno inglés y otro de Burdeos, lleva un subtítulo sintomático: El desorden como instrumento político, cuya hipótesis de trabajo es precisamente demostrar que la instrumentalización del (des)orden político predominante es el principal obstáculo para el establecimiento de un estado de derecho en el continente. Con lo cual a la violencia externa sufrida durante la colonización le sigue ahora la violencia interna por parte de las élites políticas africanas que tratarán, según toda lógica, de perpetuar un sistema político nepótico que sirva a los intereses de las élites que lo promueven.
Un sentimiento de contrariedad que me asalta casi siempre que viajo por países cuya problemática golpea mi conciencia de ciudadano occidental bien alimentado, que no puede ver más que con dolor la disparidad entre su acomodado modo de vida y la vida que el viaje le pone en ocasiones frente a los ojos.
Y más allá de la ciudad, producto de esta contradicción que es ver la vida y la historia de los pueblos, sólo agua y arena, la superficie del ancho mar, la infinita extensión de la arena del desierto. La belleza. Huir de la violencia (mientras puedas) para dedicarte a lo perdurable, los colores, los rubios rizos de la arena que llenan de delicados arabescos las dunas, esa inmensa superficie que estos días atrás alimentó nuestra cámara, nuestro delicado y exquisito paladar de viajeros con tarjeta de crédito en el bolsillo. Es inevitable que a la hora de escribir estas líneas un rastro de mala conciencia debilite la espléndida belleza del desierto, el intenso azul del mar rompiendo sobre la costa rocosa, un barco encallado frente a la playa enseñando su ventruda estructura oxidada entre la niebla como si se tratara de un busque fantasma.

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Las fuentes del dolor

Ciudad del Cabo – Windhoek (Namibia), 19 de Julio


El autobús cabecea de vez en cuando como un barco que fuera embestido de frente por las olas. Terminé una carta a mi amiga desconocida, concluimos los trámites de las oficinas de inmigración en la frontera entre Sudáfrica y Namibia, y el pasaje, tras un pequeño intervalo en el que se tomaba té o café, se quedó sopa, se sumió en el sueño. Las luces se apagaron y el monótono rodar del autobús por terreno desértico, iluminado débilmente por una luna cuyos cuernos se alzan a lo alto como los de una res encaramada en el cielo, se convirtió en ruido de fondo que acompañaba agradablemente mi lectura. Noche de viaje. Comenzamos a rodar a las diez de la mañana en Ciudad del Cabo y cuando empiece a amanecer estaremos llegando a Windshoek, la capital de Namibia. Me desbelé. Voy a aprovechar el silencio de la noche para mirar dentro de eso que más arriba he titulado Las fuentes del dolor.
En días pasados era las fuentes de la emoción; hoy, paralelamente, leyendo un texto de Naipaul sobre Indonesia (Al límite de la fé, Entre los pueblos conversos del Islam), me encuentro una idea que roza aquella en lo que son las causas y razones esenciales de alguno de nuestros estados de ánimo más penosos. El concepto de sufrimiento viene asociado para mí en este instante al dolor que nuestro comportamiento puede generar en el otro; me refiero especialmente a ese entorno que podemos llamar afectivo o amoroso; dos conceptos con distinto valor de intensidad pero que apuntan en la misma dirección del deseo, del aprecio del otro aunque sea en grado diferente.
Los dolores que nos causamos unos a otros pueden ser tremendos. Alguien que ama puede dejar de amar, y si la situación no es recíproca necesariamente el dolor aparece en el otro; bien poco se puede hacer en este caso. Alguien que ama con una necesidad en que la exclusividad es un elemento inherente a ese amor (suponiendo que eso sea amar), sufre cuando la persona amada mira a derecha o a izquierda, digamos a otro hombre o mujer (el amor es exclusivista, se oye decir muchas veces, y quizás se oye decir más desde el lado femenino. Las malas lenguas podrían decir que más bien la razón sea que los varones son más libidonosos –algo más bien incierto, lo de libidinosos, digo, que ya se sabe que hay quien las mata callando-). El/la exclusivista del amor produce dolor, quiere al objeto de su amor al modo de ese Dios bíblico, Yavhe, que prefería exterminar a todos sus oponentes y aquellos que se habían ido tras algún becerro de oro antes de compartir las migajas de una devoción no exclusiva (Amarás a Dios sobre todas las cosas: esa clase de bestia celosa que se asomaba al catecismo Ripalda de la infancia. Puro primitivismo, acto para un pueblo de esclavos; mercantilismo, tú me amas y a cambio yo cuido de ti, te alcanzo el gelocatil cuando estás pachucho). Produce dolor el despecho, la incomprensión del otro. Produce dolor el egocentrismo; también la sequedad del otro cuando nuestro ánimo está húmedo, caliente, sediento. Dolores siempre recíprocos, aunque no igualmente justificados, porque mientras en uno es perplejidad, amor contrariado, alucine... en el otro es furia desatada, celos purulentos.
Habíamos decidido viajar a Keetmanshoop para acercarnos a Fish Cagnon River, pero queda demasiado fuera de camino, falta transporte público, llegábamos a las doce de la noche y el hotel no había contestado a nuestra petición de reserva. Nos sentimos acogidos por la comodidad del autobús. Sucede a veces que a uno le entren ganas de no bajarse de este vehículo que atraviesa el continente; mirar desde el segundo piso el paisaje, hacer meditación zen, pensar en esos terribles celos que amargan las vidas de algunas personas, considerar qué es eso del amor, considerar sus diferencias con una póliza de seguros, con un negocio en donde las partes contratantes se ven sujetas a obligaciones recíprocas y taxativas; considerar qué es eso de la fidelidad y la confianza; desbrozar el campo tan lleno de hierbas inmundas; decidir que uno preferiría vivir solo en un bosque a tener por compañero/compañera a alguien que no sabe mirar a los ojos, que desconoce el afecto, la ternura, la confianza en el otro. Uno aprende cosas mirando por la ventanilla del autobús; se lo decía hace un momento en un correo a mi amiga desconocida. No sabe exactamente el qué, pero aprende; y mucho. Sería preferible el destierro y la soledad a soportar al lado a alguien que te persigue con los zurriagazos de los celos, con la lengua bífida, con el título de propiedad en alto; el título que avalaba la propiedad de algunos seres humanos de tez negra en el siglo XIX. Esto no es conocimiento, es tratar de poner en palabras algo más sutil, irse por las ramas con las comparaciones, que no es lo mismo que lo que uno sabe y conoce mirando atravesar los bosques, las montañas inundadas por la calina blanquiazul que recorría las laderas hoy mientras caía la tarde. Pero a falta de pan, ya lo decia mi madre, más valen tortas; este intento de aproximación.
El celoso sufre porque no sabe amar. En gran parte sufrimos porque los Reyes Magos no nos traerán el juguete preciso y determinado que nuestro antojo, nuestro deseo ha puesto en su punto de mira. Y nos revelamos contra ello, abrimos la espita del llanto. Llanto contaminado de aguas sospechosamente poco claras.
O acaso sufrimos, como decía mi amiga con nombre de flor, porque dejamos de dar pedales. Ya se sabe, cuando uno deja de dar pedales, la relación se va al suelo, al carajo, todo va por tierra. Dar pedales. Sí, sufrimos a la postre porque en muchos momentos de nuestras relaciones hemos dejado de dar pedales. Hasta la Luna se caería encima de nosotros si perdiera velocidad, si se durmiera en los laureles. Porque, de la misma manera que el mundo da vueltas sin que le empujemos, creemos que nuestras relaciones y afectos es lo mismo. No señor, dar pedales y además mirar a todas las chicas bonitas con las que nos cruzamos; que pa eso están ahí, coño, para ser miradas... y que bien que les gustan, por cierto; que no, que no se va a hundir el mundo por eso. Que un árbol con raíces no se cae así por las buenas, que el mundo no es una tarta de bodas ni un viaje de luna de miel (por cierto, que qué horror, ¿no?... bodas, trajes, tartas, hoteles de veinte estrellas, con lo oportuno que podía haber sido hacerlo en aquel Simca 1000 que cantaban (¿Los Brincos, Los Sirex?)... todo aséptico, novedoso, como de ricos vamos, pero sin ser ricos... penita).
Sufrimos en fin, qué le vamos a hacer, cuando nuestros caminos no coinciden o no coinciden del todo; cuando podemos guardarnos afecto pero éste no llega a ese bochornoso estar siempre pensando en la persona que acapara nuestros sueños.
Naturalmente, mi amiga, con la que tanto disiento, ayer mismo no más hablando de expresión, en la valoración del modo en que afirmo tantas cosas, tendrá materia más que suficiente aquí para discrepar. Peor sería que el régimen no ofreciera ideas, porque entonces no habría posibilidad de debate. Pero habiendo ideas nada más sano que debatirlas y buscarles las cosquillas a los argumentos. A lo mejor así esto dejaba de ser un permanente monólogo y se convertía en algo más divertido y atractivo por obra y gracia de la discrepancia.
Las fuentes del dolor. Hay un dolor remediable y otro que no lo es. Al que no lo es más vale recluirlo en un monasterio zen o echar mano de la paciencia del santo Job, pero para el que sí tiene remedio porque sólo reside en la cabeza de uno, bien vendría el hacer el esfuerzo de emprender un largo viaje y derrochar muchas horas en mirar el campo, el mar, las montañas.
Llenarse el cuerpo y el alma de montañas y bosques, como dice nuestro amigo Santiago Pino, que no estudió psicología pero que conoce la sabiduría de enterrarse en la naturaleza a caminar cuando uno se ve atosigado por las penas o el desánimo.
En fin, más que refocilarnos masoquistamente en el dolor, echarle una mirada, ver de qué está hecho. Es bueno visitar las fuentes de todo. Henry Roth, en Como una corriente salvaje, hablaba con frecuencia de volver a las fuentes, un concepto ambivalente que tanto serviría para volver a encontrar la materia prima esa de que puede estar hecho el amor, como para ver precisamente donde “nuestros amores” naufragan en medio de un reguero de sangre porque no somos capaces de reencontrar esa edad de la inocencia que perdimos algún día.

El derecho de expresión

Ciudad del Cabo, 18 de julio

Dedico estas lineas a Marisa en recuerdo
de alguna divergencia sobre la escritura.


Marisa, que tanto me advierte de la improcedencia del modo en que escribo, como de quien sienta cátedra con sus ideas, dice ella, me hace dudar en ocasiones cuando empiezo a escribir. Repaso algunos de mis textos, los miro como quien valora la verdad de la afirmación de ella, pero no encuentro eso que ella dice. Pienso que el lenguaje no contempla tantas variables que serían necesarias para advertir a quien lee de la humilde pretensión de quien escribe, que entre otras cosas puede hacerlo por simple necesidad de escribir, de la misma manera que se tiene necesidad de respirar; expresarnos es una necesidad de las más básicas del hombre. Ella aboga por la simplicidad de Juan Rulfo, por la prosa precisa de Borges, querría llegar a la mayor simplicidad del lenguaje, me escribió hace unas semanas.
La verdad es que más quisiera uno llegarle a la altura de los zapatos al tímido Rulfo; de Borges ya es otra cosa, porque Borges con su ironía y maestría en la utilización del lenguaje tenía asomos de engreimiento del que uno querría estar a mucha distancia (y bastaría citar aquella anécdota de cuando un reportero le pregunta que si era consciente de su genialidad; su respuesta fue elocuente, aunque cínica y con sentido del humor; no, no me extraña dijo, probablemente sea la mediocridad del siglo que vivimos la que tenga la culpa de ello).
La verdad es que uno no podría hablar de casi nada si tuviera en cuenta que en todo hay especialistas y que los escribidores son millones. Uno escribe unos poemas en un arrebato amoroso que parecen más enajenación que otra cosa y en seguida cree oportuno situarlos juntos a los sonetos de Shakespeare; procede en consecuencia a mandarlos a ciertos concursos literarios y el día posterior a la adjudicación de los premios, se le ocurre leer alguno de los poemas del ganador y entonces le entra la vergüenza por haber tenido aquella pretensión; se encuentra con hermosos versos, con profundidad, con una música que uno nunca habría sabido hacer. Aunque también sucede lo contrario, repasar la gran cantidad de novedades en las librerías y tropezarse con muchos libros en los que sería imposible pasar de las diez primeras páginas. El vicio, la mala costumbre de comparar (ya lo decía Osho, el místico millonario, que eso de compararse continuamente es malo; lo decía un hombre que no predicaba con el ejemplo pero que encontraba el modo de engrosar su patrimonio vendiendo como suyas por todo el orbe las flores que él había ido recolectando en los jardines de los místicos hindúes, budistas, taoístas y sufíes. Parece que le gustaba mucho el dinero. Desde que vi en Pune, en India, en qué podía consistir la congregación de míster Osho, todos uniformados de túnica vino burdeos oscura como cualquier feligresía que se precie, cada vez que encuentro un resquicio me siento en la tentación de aventar el aprovechamiento monetario que de la mística hacen algunos gurúes postmodernos).
¿Por qué no permitirnos el lujo pues de escribir lo que nos plazca, lo mejor que sepamos hacerlo, sin tener que estar atados a la consideración de que tanto sobre el tema como sobre el modo siempre habrá gente que sabe hacerlo mucho mejor que nosotros? ¿Se puede hablar de psicología con sólo unas pocas lecturas sobre este tema, de política, de religión, de antropología?
Mi amiga me tendrá que perdonar si sigo escribiendo de la misma manera. En la escuela enseñamos que las oraciones pueden ser de varios tipos, y de ellas, las más usadas son las enunciativas afirmativas. El lenguaje está lleno de ellas. Miramos la realidad, la analizamos y como consecuencia de ello sentimos la necesidad de afirmar tal o cual extremo; nos vamos abriendo camino en el mundo, tanto a través del análisis como a través de nuestra propia experiencia. Si junto a ello, además, tratamos de confrontar nuestras deducciones, nuestras evidencias provisionales con el respaldo de que en la práctica nuestras verdades funcionan, estaremos caminando bastante derechos; y no sólo nosotros, sino también todos aquellos que unidos en la comunicación intentamos desde nuestras distintas capacidades abrirnos paso en la a veces tan poco clara realidad. Vamos, que no es tanto si las palabras están escritas en verde o en azul, como lo que las palabras intentan decir.
Una de las finalidades de las palabras deberían ser la de ayudarnos a construir un mundo mejor, y no precisamente un mundo que nos viene dado por los hábitos, las costumbres, la voz del Papa o la conciencia moral de los integristas de todo tipo. Hace media hora oímos jaleo en la calle y nos asomamos a la ventana; abajo desfilaba un numeroso grupo de fieles de Alá que emitían gritos y voces a la casi vacía calle por la que pasaban. En alguna pancarta se leía: “Bring the penalty death”; en otra: “África islámica”. Los carteles los firmaba una comisión que parecía velar por el restablecimiento de “las buenas costumbres” en esta parte del mundo. Igual más o menos que el Vaticano lo hace en el hemisferio norte. En la manifestación participaban numerosas mujeres bajo el telaje negro del sadhor. Interrumpí estas líneas para mirar por la ventana. Me vino en seguida aquel concepto tan querido que aprendimos en los tiempos en que en las calles de Madrid se gritaba de continuo por la amnistía y la libertad: recuperar la palabra. Pertenecía al lenguaje de la pedagogía de Paulo Freire, ese libro que había que buscar en la trastienda de Fuentetaja porque estaba tan prohibido: Pedagogía del oprimido. Debería ser posible que el ciudadano de a pie recuperara la palabra, su palabra. Estamos inmersos en un mundo que nos absorbe, nos deja poco tiempo para elegir y pensar, nos empuja con la necesidad de conseguir dinero; es difícil saber a ciencia cierta cual es nuestra palabra, cual nuestro pensamiento, conocer el origen de nuestras ideas.
No hay tiempo para ello; sufrimos la ilusión de que somos nosotros los que pensamos cuando es en realidad el sistema que lo hace por nosotros: la prensa, la televisión, los grupos de presión, sean estos políticos, religiosos o simplemente encandiladores de la moral pública. El integrismo se sustenta sobre una inmensa masa sin formación adecuada; de parecida manera muchas de las verdades de nuestro mundo, entre ellas el consumo y el dinero, viven de la ausencia crítica y del adormecimiento que produce en las personas la imposibilidad de expresar su vida en términos de sus propios criterios individuales.
¿Y cómo va a ser posible, Marisa, orientarse en la realidad y salir adelante con ella si no expresamos con cierta contundencia esas “verdades” que cada uno vamos encontrando en nuestro camino; esas verdades que son de lo más preciado de nosotros mismos porque han salido de nuestras manos, porque hemos sido nosotros los que las hemos parido?

Ecuanimidad

Ciudad del Cabo, 16 de julio

Acceder a la historia de los pueblos sentado junto a la ventana de una habitación en un último piso de un céntrico hotel de Ciudad del Cabo desde donde se admira la bella silueta de los rascacielos, a contraluz de un atardecer ya avanzado, me trae hoy una disposición a la ecuanimidad no muy frecuente en mí cuando se trata de hacer un repaso a la historia colonial de los últimos doscientos años. Pienso en esa palabra, ecuanimidad, y en la difícil tarea que el vocablo evoca. Ningún pueblo colonizador -o invasor que sería un término más apropiado- se libra de tener en su curriculum el exterminio de muchos millares de nativos allá donde fuere la tierra en donde se aposenta; sin embargo la brutalidad de la ocupación japonesa en todo el área del Pacífico e Indochina, o el modo en cómo los holandeses utilizaron Indonesia como si fuera una simple plantación, se matiza en otras naciones, que de un modo u otro sí hicieron una aportación más o menos importante a la economía o entorno cultural de las zonas colonizadas.
Paseando por las calles de las ciudades de este país, habría que ser ciego para no llegar a ver inmediatamente la gran diferencia que hay entre la población blanca y la negra. Para nosotros, herederos de una cultura democrática ya antigua, el asunto del apartheid es algo que produce retortijones de tripa sólo pensar en ello. Pero no es muy diverso a otras situaciones en donde las diferencias raciales no son tan notables. Recuerdo, cuando visitaba algunos museos de los países andinos, ese gran quiebro allá por 1492, al pasar de una sala a otra, en la mayoría de los casos una cultura en las cercanías del neolítico (en otros casos no tanto debido a los incas) daba lugar directamente a los tiempos del Renacimiento europeo. Los pueblos andinos habían dado un salto en el tiempo de miles de años y habían aterrizado de golpe en el otro extremo, muchos siglos después, cargados con sus herramientas y armas paleolíticas. En África no fue muy diferente. ¿Son los hombres y mujeres de raza negra, considerados como entorno, posibilidades, cultura, igual que aquellos otros, hijos de una cultura milenaria? Está claro que no; ni las posibilidades, ni la cultura, ni la preparación técnica son iguales. También los cholos y cholas de La Paz, en Bolivia, son diferentes; y la gente que viven en los arrabales de Lima; o los yanomanis que habitan el interior de la selva del Orinoco. Les quedan generaciones todavía para alcanzar un status que se parezca al de Occidente. En Ciudad del Cabo los mendigos son negros, piden monedas, hablan de Mandela; ¿cuándo los hijos de estos mendigos podrán graduarse en una universidad?
Hay una pregunta quizás oportuna: ¿Sin la feroz rapiña, sin la extorsión de unos sobre otros, sin el aprovechamiento de los más capaces sobre los más débiles, como es el caso en las ocupaciones de todo tipo -y dado que el espíritu de alma caritativa es un producto que raramente crece en los huertos del mundo “civilizado”-, habría sido posible el desarrollo, poco o mucho, que han alcanzado en la actualidad los países de este continente?
Intentar ser ecuánimes puede pasar por acercarse a estos problemas con un poco de realismo, quizás más humildemente dispuestos a reconocer el lado positivo de la brutalidad occidental; hasta las masacres de Pizarro, de Cortés, los desafueros de Magallanes en Filipinas podrían ser vistos con el grado de bondad de quien estima que el mundo no cambia ni progresa de la mano de la filantropía, sino más bien bajo la tutela del renegrido egoísmo. Porque suponer que tanto ferviente creyente -absolutamente todos los colonizadores, al menos nominalmente, lo eran- debía usar de la caridad más que de la codicia, es algo que habría estado en contradicción interna con ese amasijo de mentiras que viven como los gusanos dentro de la parafernalia del cristianismo. También está por otra parte esos personajes históricos que teniendo tras de sí un reguero de exterminio no dejan por ello de ser admirados fervorosamente; aquella devoción, por ejemplo, de Fabrizio, el personaje de Stendhal en La cartuja de Palma, cuando recorre enfebrecido los campos de batalla de Waterloo tras el rastro de su admirado Napoleón. No sólo admirado, sino que sirvió como eficaz transmisor de la cultura y del progreso, de las ideas de la Revolución Francesa. También hay quien dice que las guerras son necesarias, que despabilan a los pueblos. Quizás fuera necesaria tanta barbarie para llegar donde llegamos, y sin justificar la barbarie tengamos que echar mano de la ecuanimidad para entender que las cosas no pudieron ser muy diferentes de cómo fueron, pese a nuestra necesidad de encerrar dentro de la moralidad los hechos históricos. También una parte de la lectura del apartheid podría hacerse desde una minoría, los afrikáners, que se defendió de una avasalladora mayoría negra con uñas y dientes, a fin de conservar sus privilegios. Como los americanitos, que bajo la égida del señor Bush padre hacían de la defensa de su estilo de vida una bandera con la que pisotear a sus hermanos los irakíes.
El sistema capitalista es también rapiña y extorsión de unos pocos sobre la gran mayoría, sin embargo también es cierto que es el sistema que produce una mayor riqueza y que puede alimentar a más personas; le sucede lo que a la macana esa de la democracia; no es lo mejor, ni mucho menos, pero sí quizás sea lo menos malo. A falta de pan buenas son tortas, que diría mi madre.
¿Bastarán en África unas pocas generaciones para ponerse al día? ¿Es posible atravesar el largo laberinto de la historia y la cultura, la acumulación de tantos esfuerzos, la Revolución Industrial, la lucha por la democracia, los avances científicos, y colocarse sin más al otro extremo, en el siglo XXI? Hay países en el área geográfica que vengo recorriendo que sí están siendo capaces de ello, el más notable es Singapur, cuyos ingresos dependen esencialmente del sector servicios; Malasia, por su parte, cuenta con estar en una década a la altura de Europa. Sin embargo tanto Indonesia como Filipinas, como India necesitarán mucho más tiempo para que sus habitantes puedan tener un nivel adquisitivo y cultural similar al que hay en Occidente. En África, las universidades que hay apenas superan el medio siglo de existencia, y es obvio que los países sólo se pueden desarrollar si se desarrollan sus recursos humanos.La afición a arreglar el mundo quizás tenga que rendirse a la evidencia de que el camino que se hizo hasta ahora no podía ser muy diferente del que fue, al menos mientras no salvemos esa evidencia de que la filantropía no parece ser algo inherente a la condición humana, a juzgar por la historia. A estos países les queda por delante la prioridad de desarrollar sus recursos humanos; ese tiempo en que la educación sea efectiva para toda la población. No parece que en Sudáfrica esta diferencia entre blancos y negros vaya a mantenerse durante mucho tiempo si importantes recursos económicos se dedican a la educación. Oímos hablar con frecuencia en nuestro viaje del gobierno como alma benefactora. No sabemos bien hasta donde llega el esfuerzo, pero también es cierto que esta democracia no ha cumplido apenas las dos décadas.