Mi portátil

Windhoek (Namibia) – Linvington (Zambia), madrugada del 28 de julio

Nueva noche de viaje, esta vez desde el desierto de Namib siguiendo el extremo occicental del Kalahari, camino de Zambia y de las catarartas Victoria en el río Zambeze. Recuerdo otras noches de autobús, hoy una camino de Rurrenabaque en la selva boliviana, junto al río Beni. El bus había trotado todo el día en medio de un inmenso calor –algún cocodrilo o caimán dormía en el arcen de la pista de tierra- y atravesado un par de ríos en unas rudimentarias plataformas que hacían de ferries, y al final se había hecho de noche. Tuve necesidad de encender el portátil, un trasto que se acercaba a los tres kilos y que nos había acompañado mientras atravesábamos los Andes a pie, o en las tierras heladas de los alrededores de Ushuai en Tierra del Fuego; incluso estuvo allí, en los altos del Parinacota, al norte del desierto de Atacama, a casi cinco mil metros de altitud y a una temperatura que bruscamente con la caída del sol había pasado de la calidez del atardccer fotografiando los flamencos de la laguna a una inesperada temperatura de congelación que hizo cristalizar el líquido de las lentillas y congelarse la leche. Allí, cuando me hube metido en el saco de dormir también tuve necesidad de levantar la tapa del Compaq para teclear alguna cosa, pese al frío. No puedo dejar a mi memoria una idea porque a la mañana, cuando quiero volver a atraparla ésta ha volado. Así que allí dejé aquella noche unos pocos versos tecleados con las manos enfundadas en los guantes. Era uno de los paiseajes más bellos del mundo. Menos entonces aunque la luna bañaba las laderas de los seis mil metros largos del volcán, el espléndido Parinacota, un rato después en que cientos de aves sobrevolaran la laguna en donde se reflejaba entero el señor de todo aquello, una enorme ladera de hielo y nieve que servía de frontera a Bolivia y a Chile; sobrevolaran y el cielo se llenara del esplendor dorado de la tarde que iba a caer repentinamente para convertir todo en un páramo helado.


Hace escasamente una semana también hubo viaje de noche. Y la noche siempre tiene la posibilidad de ser noche fértil. Un trozo de cosa diferente, incluso extraordinaria, que se interpone en la cotidianidad y a la que hay que hacer caso si logras zafarte del sueño o de los pensamientos alargados y pìsciformes, escurridizos y divangantes, que también gustan de acaparar las largas horas de los viajes. Aquella noche, influido por la constancia con que mi cuerpo busca razones de las cosas de la vida, de esas que se nos agarran por dentro pidiendo explicación, comencé unas líneas que titulaba Las fuentes del dolor. Hubiera preferido escribir algunos versos, pero no hubo suerte; hace ya mucho tiempo que los versos no me visitan por más que enciendo velas y me encomiendo a santos y patrones; me han abandonado. Mi musa, morruda y despechada, incapaz de arrinconar sus celos, parece haber perdido la capacidad para convocarlos.


Sucede a veces que uno es un hervidero de emociones que piden un medio de expresión, la posibilidad de pintar un cuadro con ellas, componer versos, conversar en prosa con algún interlocutor que uno no sabe siquiera que existe, y entonces este aparato, siempre tan suave al tacto, a falta de pinceles, se me ofrece como objeto de placer –placer es el que proporciona el contacto suave y leve de sus teclas- con que darles forma y especular sobre sus fuentes –las de la emoción- y también con alguna frecuencia sobre el compañero de viaje que le acompaña, parece que ineludiblemente, el dolor. Pero no sólo se alimenta mi portátil de estas cosas, aunque en el fondo sabe que todo aquello que suscita una emoción está llamado a convertirse en la razón de ser de una vida. Por ejemplo, estos días mis hijos, ellos y sus parejas, son fuente de emoción; los siento cerca, comunicativos, activos, vivos –sí, los hijos son fuente de emoción y de dolor muchas veces. Todos a cuantos queremos necesariamente nos emocionan y nos hace sufrir. Ya cité a este respecto en este medio a Unamuno, que ya muy mayor decía que cuando a su mujer le dolía una pierna, le dolía a él con tanta intensidad o más que a ella.

Mi portátil me acompaña pues esta noche, aunque hoy hay otros acompañantes; desagradables acompañantes por cierto. Es pasada la media noche; el pasaje está prácticamente dormido en su totalidad, pero la televisión desgrana las secuencias ruidosas de su tercera película. Mucho me temo que lleguen incluso a seguir con películas toda la noche. Terrible realidad de la que tiene que dejar constancia también mi ordenador. La idiotización generalizada en el mundo entero por este aparato de fabricar ruidos, gritos, disparos, prepotencia. Ya me quejé en otra ocasión de este horror que son las televisiones en los autobuses de todos los continentes. Recuerdo no hace mucho, en Indonesia, un concurrido mercado callejero donde era difícil hacerse atender por los dueños del negocio, cinco o seis personas, porque todos, de espaldas a los posibles clientes, seguían en aquel momento la telenovela de ocasión. La televisión ha invadido la totalidad de los momentos de la vida hasta lograr privarnos de placeres tan apreciados como el silencio, la contemplación del paisaje, el tránsito de los pensamientos mezclado con los colores del campo o con la oscuridad de la noche. En el último hotel, en el que pasamos una semana, hubimos de refugiarnos de continuo en la habitación para huir de la invasión televisiva. El salón común, poco más tarde de las diez de la mañana ya se veía monopolizado por los viajeros telemiradores del omnipresente aparato.


De lo de Rurrenabaque hace más de diez años. Probablemente ni siquiera allí en medio de la selva se habrán salvado de esta plaga. La realidad del televisor terminará eclipsando cualquiera otra realidad posible. Existen hoteles que son visitados por gente joven occidental en los que he podido observar un nutridísimo número de viajeros que apenas se despegan del televisor durante todo el día. Las salas comunes donde antes de conversaba son ahora lugares llenos por los consabidos ruidos que larga la teletonta; los autobuses, que son un modo de mirar el mundo y recrearse en la ociosidad de pensar, recordar o proyectar, terminan convirtiéndose en lo mismo. Quizás consista en esto el progreso.

A mi portátil está a punto de acabársele las pilas, tengo que ir terminando. Mi tapones de cera no sirven de nada. Paciencia. Quizás antes de dormirme pueda tener un poco de tranquilidad para pensar apaciblemente en vosotros, en todos los que suscitais mis emociones... y mi dolor. Buenas noches. Un beso.

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