450 millones de años

Ciudad del Cabo, 15 de julio

Caminamos por la península Robberg, un parque natural en las cercanías de Plettenberg Bay. Un cartel narra la historial de los últimos cuatrocientos cincuenta millones de años del lugar. En la línea del tiempo, a la derecha, como un diminuto punto, aparece la silueta de los primeros homínidos, un grano de arena en el relato de la historia del mundo.
Unos ridículos pocos años en relación a los seis mil quinientos millones de la historia del planeta. Y mirando todo esto recuerdo alguna de las discusiones con mi amiga con nombre de flor, esas ideas suyas: hemos vivido otras vidas, transmigramos, todo ese complejo de relaciones con nuestros yoes antes y después de la muerte. Algo no muy lejano al espíritu de todas las religiones.
Hemos escalado un alto promontorio y desde la cumbre vemos a las focas y a los lobos marinos desperezarse al sol sobre un resalte rocoso; un poco más allá del borde externo del acantilado está el mar rompiente donde los delfines juegan a hacer cabriolas en el aire. La estela del sol se tiende vibrante sobre el océano; la línea de la costa, al otro lado, envuelta en una calina sobre la que sobresalen las montañas de Tsitsikalmma, cierran en un inmenso círculo de luz el horizonte. Si suprimiéramos el rastro de las construcciones que se levantan junto a la playa, hiciéramos desaparecer el camino que se adentra en el promontorio de la península rodeándolo, y nos quedáramos con el ruido de las olas, con el vuelo de las gaviotas, con el cielo azul y la amable belleza del lugar tan solo, igual podríamos imaginar ese tiempo en que al hombre todavía le faltaban algunos cientos de millones de años para nacer.
Un tiempo en que los seres de la tierra no necesitaban a los dioses para existir; un tiempo en que probablemente habría sido absurdo la existencia de las reencarnaciones, que parece sólo acta para seres inteligentes dotados de eso que llamamos alma y que es el objeto de las religiones y las transmigraciones más allá de nuestra consistencia física. También un tiempo en que habría sido absurda la presencia de un dios sin un ser inteligente que pudiera reconocerle como tal.
¿Tuvieron que esperar los dioses, sumidos en el vacío de la nada, a que lo que ese ser que iba a convertirse en hombre bajara de los árboles y a que su capacidad craneana adquiriera suficiente dimensión para que éstos tuvieran necesidad de ellos? Las pruebas de la existencia de Dios que estudiábamos en los libros de filosofía del bachillerato, hoy pueden parecer simples juegos de lógica para entretenimiento de colegiales. Un dios que se pasa pacientemente seis mil quinientos millones de años esperando a que aparezca un ser que sea capaz de reconocerle y rendirle culto es absurdo, por mucho que fueran las ganas de ese dios de que se le rindiera pleitesía por encima de cualquier otro ser. No puede ser, habría sido una espera excesiva; no, demasiados siglos de aburrimiento por medio.
Y por otra parte, desde la vertiente de las creencias en las reencarnaciones o de la existencia de otras vidas pasadas o futuras; o de esto que tanto discutía con mi amiga de la posibilidad de volver a otros momentos de una vida anterior mediante ejercicios de regresión; ¿cómo suceden estas cosas?, ¿en qué momento de la etapa de la evolución del hombre se produce, se puede hablar de esas existencias que traspasan las fronteras de la muerte?
A mí se me hace incómoda esa sensación de que el hombre quiera, en ese minúsculo, inapreciable momento de la historia del planeta, hacerse una interpretación de la vida para su uso exclusivo. ¿En qué instante, por cierto, homo erectus, habilis, sapiens?, ¿acaso fue más adelante, en el Paleolítico Superior, en Neolítico?, ¿tenía esta existencia tras la muerte el hombre de Neanthertal, el de Cromagnon?, ¿o acaso hubo que esperar a Platón para que el hombre adquiera la certeza de haber vivido una vida anterior?
Y se me hace incómoda creo por ese afán que podemos llegar a demostrar cuando situándonos más allá de nuestra humilde condición de ser que nace, se­ desarrolla y muere; como si el hombre quisiera elevarse intentando tirarse de los pelos para arriba, haciendo lo posible por dar pedigrí a su existencia al intentar colocarse por encima del proceso natural de la muerte de la que no se salva ningún ser vivo.
El mar rompía al fondo estrepitosamente, las focas tomaban el sol, un ave desconocida de proporciones parecidas a un cernícalo se sostenía inmóvil en el aire batiendo las alas mientras hacía la corte a su compañera posada en una rama próxima; mientras, a su vez, Victoria fotografiaba a ésta, que indiferente y un poco estirada ella, como fémina muy segura de su valía, miraba hacia el horizonte. La montaña dejaba al aire tres estratos diferentes correspondientes a épocas distintas; entre uno y otro distaba la friolera de algún centenar de millones de años. Hasta Darwin era inconcebible entender una evolución de la manera en como la entendemos ahora; jugaba a su favor una valoración del tiempo muy diferente; ya no era necesario dilatar la edad de Matusalén o de algún relevante personaje bíblico para llenar la inmensidad de tiempo que poco a poco se iba dilatando cada vez más con los conocimientos científicos. Entender la evolución sólo fue posible cuando el nacimiento de la vida pudo retrotraerse a miles de millones de años atrás. Empinarse sobre los estratos y los cantos rodados de la península Robberg, cerrar los ojos e intentar ver en qué podía consistir lejanamente eso de cuatrocientos cincuenta millones de años, ayudaba a ver desde una perspectiva muy diferente los problemas de teología o aquellos temas de discusión que nos habían acompañado en nuestro viaje por India. Mi sensación era de que el hombre, asumido de una relevancia excesiva, que no tiene en cuenta su pequeñez en el tiempo y en el espacio, intenta saciar necesidades “espirituales” o anímicas de orden diverso poniendo el universo a su disposición o interpretando la realidad global desde un centro en donde él es la explicación y la razón de toda existencia; se hace un hueco muy personal en la realidad, una excepción en el mundo de los seres vivos, intentando con ello salvarse de la muerte, pensando incluso que su existencia trasciende en sentido inverso su propia vida. Un mundo en donde el nacimiento y la muerte serían simples accidentes, saltos existenciales entre una y otra realidad en donde los sujetos pueden o no conservar su propia identidad, según las creencias que se tengan.
La geología, los paisajes, las transformaciones del relieve, el movimiento de los continentes, transmitían hoy la sensación de provisionalidad y pequeñez del hombre sobre la tierra; los estratos de la península de Robberg, como aquellos números también incomensurables de uno de los personajes a los que visita en su asteroide el Principito, hacían del paseo por esta parte de la costa africana una reflexión sobre la existencia de Dios y de la otra vida. Las sensaciones tienen a veces una fuerza impositiva de la que carecen los razonamientos, y hoy su empuje era enorme: la vida se simplificaba, la existencia de Dios era negada por la convulsión de la vida, por la erosión, por nuevos movimientos de tierra; los avatares del planeta se sucedían unos a otros por el efecto combinado de la meteorología, la geología, la vida en continua transformación. Una existencia loca si se quiere pero liberada de la fatiga de seres todopoderosos fabricados para paliar nuestra incapacidad para ser hombres y mujeres sin destetar.
¿Que hay que morirse?, pues nos morimos, qué coño.



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