Camino de Malawi

Harare (Zimbabwe) – Malawi, madrugada del 9 de agosto

Últimamente la sal del viaje está en nuestra relación con los autobuses. Apagar el despertador a las cuatro de la mañana. Salir a la boca de lobo de la calle. Despertar al taxista que duerme encerrado en su coche frente a nuestro hotel. Conducir por las calles desiertas de una ciudad abandonada profundamente al sueño y llegar a otra oscuridad, lo que tanto puede ser un rincón de un sueño de Kafka como una estación de autobuses. Bultos de durmientes en lo negro de una acera junto a un muro de ladrillos. Tanteando con las manos para no pisar una cabeza, un pie, buscar a alguien que se mueve y pueda responder a ¿Is it the queue for Malawi bus? No, this is for Zambia, contesta la voz de una mujer que acaba de despertar del sueño unos metros más allá. Los durmientes cubren toda la fachada del edificio de la oficina Zupco, la compañía de transporte que hace el servicio de la zona norte de Zimbabwe. Dar la vuelta al edificio y volver al mismo sitio, familiarizarse con el lugar. Your are the first for Malawi, oigo a otra voz junto a una puerta cerrada a cal y canto. This is the right place to wait? Yes. Aposentar los macutos en la perpendicular de la cola de Zambia. Y esperar. Y cuando hay que utilizar los servicios, toda la explanada un túnel negro lleno de negros que como una sombra forman filas aquí y allá en el páramo, deambular y encontrar un empleado que ante la pregunta correspondiente, dice, dangerous, thieves, y busca en su refajo de llaves y abre una puerta a la vuelta de la esquina. Luego, como siempre, termina amaneciendo. La acera se ha llenado de gente y bultos mientras las primeras luces van iluminando la silueta de los edificios próximos; las formas se van definiendo y se convierten en personas, árboles, barandillas, un pequeño lago rodeando la reducida y nauseabunda construcción de los servicios públicos; un cagómetro que no había vuelto a ver desde una temporada que viajamos por China, un urinario a la derecha y, a la izquierda, ocho compartimento enfrentados a cuatro, sin puertas, con un agujero en el suelo. Cagar en comunidad, compartir frente a otro viajero los esfuerzos matinales por liberar al organismo de la presión del estómago. Y salir a la incipiente animación de la estación de autobuses, ya sí, fuera del oscuro de betún de la noche. Y volver a la cola.
Charla matinal, un mozambiqueño, antiguo refugiado de la guerra de este país durante los años noventa (que me recuerda inmediatamente la terrible realidad de un país donde, junto con Liberia y Sierra Leona, la violencia civil llegó a hechos escalofriantes tales como la amputación de miembros o a forzar a niños a que mataran a sus padres y hermanos). Mi compañero de la fila de espera huyó de su país en los momentos de mayor violencia, consiguió ganarse la vida (decir aquí que uno ha conseguido trabajo sería un eufemismo cuando en una gran parte de África la mayoría lo que busca es subsistir, encontrar con qué terminar el día), conoció a una chica, se casó, y ahora tiene dos críos. Vuelve a su país después de diez años de ausencia. No habla bien del país que le acogió, falta de alimentos básicos, ropa, productos de primera necesidad; un estado policial nunca es un buen lugar para vivir. Mozambique es otra cosa. Lo comprobaremos más tarde en la oscuridad siguiente al final del día, chiringuitos naciendo de la oscuridad que se alumbran con lámparas de queroseno o la llama de la fogata, chiquillos, gente transitando por las calles... algo ya propio de los países mediterráneos. Probablemente la influencia de los portugueses, de la misma manera que en Namibia y Zimbabwe la influencia centroeuropea deja las calles vacías después de la caída del sol. Vivirá en Mozambique con ciento cincuenta dólares; lo dice satisfecho, dinero suficiente para toda su familia. Tengo que dejarle para vigilar más de cerca nuestro equipaje y defender nuestro lugar preferente en la cola de Malawi.
¿Para qué alargar más el relato de la mañana? Se abrió la puerta ya en pleno día y a continuación se produjo el consabido revuelo: empujones, forcejeos; pero no llegó la sangre al río. Victoria se había quedado con el equipaje. Cuando los cinco o seis viajeros de Zambia que me preceden terminan, me encuentro frente a un enrejado con un empleado que me dice que el autobús para Malawi está completo. Quizás haya otro a lo largo del día. ¿Cuándo se confirmará? No lo sabe.
Fuera se ha levantado un fuerte viento que nos deja helados, una nube de polvo barre los andenes; nos refugiamos, sentados en el suelo, junto a unos árboles. ¿Y ahora qué? Me entra un inmenso cansancio, que se esfuma cuando un grupo de jóvenes se acercan animosos a hacerse el calimocho matinal del país precisamente en el lugar en que estamos sentados nosotros. This is the place of the beer, dicen. A nosotros también nos gusta la cerveza les digo, animado. Pero no, no es precisamente el momento de compartir con aquelllos jóvenes el brevaje que están preparando con cerveza, fanta de limón, vodka y un brick de leche; a saber qué efectos puede tener ese cóctel. Les seguimos la broma pero nos vamos unos metros más allá, a rumiar nuestro problema inmediato. ¿Volver a hotel en otro taxi y regresar al día siguiente para iniciar una vez más la historieta de hoy? ¿Hacer guardia durante todo el día para ver si se confirma otro autobús, acaso para poder comprar un billete para el día siguiente o alguno de los otros días posteriores? Victoria llega a sugerir la posibilidad de tomar un vuelo, para salvar Mozambique cuyo visado supone un importante desembolso. Echamos cuentas: demasiado dinero para un vuelo de cuatrocientos o quinientos kilómetros, cerca de los seiscientos euros.
Se está bien al sol cuando el viento cesa; es el sol invernal de un antiguo viaje a la India, cuando las mañanas doradas de un lejano invierno me sorprendían llegando a alguna ciudad después de un viaje en tren durmiendo como podía sobre los barrotes del maletero. Allí era un sol dorado y acogedor y la estación era todo color y gentío, saris vistosos, niños correteando entre el equipaje, pero sobre todo, el sol de miel, acariciador del sur de la India, todavía lleno de sueño, puro oro matinal para la pátina de las paredes de aquella ciudad. Un día que me hice a la calle, recién finalizado un largo viaje que comenzó en las cercanías de Calcuta, en Puri, y que me dejaba de repente en el mundo encantado que yo había soñado durante décadas, envuelto en el polvo dorado y fino que bañaba a los ricksaws, a los acarreadores de leche, a las mujeres con cubos de latón balanceándose sobre sus cabezas, a la calle entera como un animal viviente que desperezara envuelto en los colores cálidos y herrumbrosos del Canaletto.
Aquí era una mañana cálida rota por ráfagas de viento frío. Allí sentado se me ocurrió penssar en alguno de los viajeros famosos, Marco Polo, Starley, Livingston, cuya estatua de bronce se erguía días atrás frente a las cataratas Victoria. Aquellos admirados viajeros veían palidecer su aura frente a la lucha a brazo partido que suponía viajar en este país en autobús.
La mañana terminó haciéndose amable. Nos sentamos pacientemente en el suelo frente al edificio de los tickets, paseamos arriba y abajo del andén, y yo me sumergí en la lectura de los azares de la historia de Africa. Sí, después encontramos un empleado, una de esas personas serviciales y de amabilidad natural que le dejan a uno con un gusto en el cuerpo de querer ir besando por ahí a toda la humanidad. A partir de entonces todo fue coser y cantar. Tuvimoss que esperar, pero al final llegó el autobús. Ni siquiera hubo que pegarse para subir a él.
Ahora es de noche, escribo a la luz de la candela mortecina que refleja el portátil (el hermano gemelo del que feneció en el viaje anterior). Son las cinco de la mañana en tierra mozambiqueña; a la nueve de la noche el autobús había parado inesperadamente en una calle de la ciudad de Tete... y ya no se movió más. Ni siquiera hicimos ganas por indagar la razon de la parada. Terminé durmiéndome; hasta que a las cuatro me despertó el motor; volvíamos a la carretera. Era una lástima echarse a dormir otra vez. Yo siempre hablé del encanto de la noche, pero desde hace muchos años en mi familia quien se convirtió en poeta de la nocturnidad fue mi hijo Mario, forzosamente hacer referencia a la noche es recordarle en invierno y verano con la ventana abierta metido en algún libro de filosofía. Mario no se enteraba nunca de cuando era verano o invierno; tan pronto te le encontrabas con un jersey grueso en una espléndida noche de primavera, como con una camiseta en el mes de febrero. Mientras todos dormíamos en casa él vigilaba la noche, daba pábulo a su imaginación y contaba estrellas. Algo así me sucede hoy a mí. Veo las constelaciones, empiezo a reconocerlas poco a poco según nos vamos acercando al hemisferio norte. Una noche anterior me dio alegría descubrir a Orión cabalgando sobre el horizonte acompañado de sus perros. Las estrellas aquí son como los árboles, árboles o estrellas, no tienen nombres, no es la familiaridad con que miras al cielo en nuestras latitudes y contemplas Casiopea, o el Triángulo del Verano, o el Boyero; aquí mis ojos no están habituados a este cielo que desconozco. Igual sucede con los árboles, tantos que sólo a veces puedo identificar alguno de la familia de los ficus; o ayer tarde, esa preciosidad de árbol que aparecía de continuo en las carreteras de Senegal y Malí, el baobab, el árbol sin lugar a dudas más bello del mundo. Ahora desnudo y sin hojas, de inmenso tronco, robusto, plantado sobre la tierra como si hubiera nacido con ella, un conjunto armonioso que me incita a mirar constantemente por la ventanilla a la búsqueda del siguiente ejemplar. Ayer tarde se alzaban frente al crepúsculo con una belleza entrañable; el sentimiento de la tierra, la vetusta y recia urdimbre de vida que la puebla y la llena de conmovedora hermosura. El baobab es un árbol que apreciaba el Principito de Saint-Exuperi, ese delicioso libro que hay que seguir leyendo para nuestro deleite y aprendizaje.
Ha empezado a amanecer. Tiempo de contemplación. Me gusta ser el único en el autobús que mira la noche y esta primera luz cenicienta de la mañana. Volver a transitar por las emociones, imaginar a los habitantes de las cabañas que van apareciendo en la semioscuridad, habitáculos circulares hechos de caña y paja; y las montañas cubiertas hoy con el capirote de las nubes, y unos árboles parecidos a encinas cubriendo la ondulación del terreno. Y vivirme a mí mismo viviendo esto que pasa frente a mis ojos vestido ya de gris perla. Tiempo para pensar también en vosotros. Un beso.

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